
Hace unos días recibí la llamada telefónica de una antigua amiga, el motivo era hacerme saber la celebración de un encuentro entre antiguos amigos, para tal celebración se había acordado una cena.
No soy partidaria de ese tipo de reencuentros, pero aún así acepté, en los días previos me sentí algo nerviosa, agitada, pero también extrañamente contenta.
Estuve pensando en la causa que me producía tal nerviosismo y de repente una imagen se cruzó por mi mente.
La imaginación me trasladó a un tiempo pasado, me vi en un lugar remoto y me pregunté cómo se puede olvidar algo que tan intensamente se vivió.
Y los sentimientos volvieron a aflorar y la piel se volvió a erizar.
De pronto sentí una imperiosa necesidad de verle, de saber que tal le ha ido por la vida, qué intereses tiene actualmente...
Sentimientos dormidos que de repente vuelven a despertar.
Me arreglé con esmero y mientras conducía mi coche me iba preguntando qué le diría, cómo le encontraría, cual sería su aspecto actual y por supuesto que efecto le producirá verme a mí.
Llegué al lugar acordado con algo de antelación, mis ojos recorrieron el recinto, buscando a todos, pero deseando verle a él.
Y le ví y me di cuenta de que somos lo que en un momento de nuestras vidas elegimos.
Durante estos años, en numerosas ocasiones me he preguntado que hubiera sido de nosotros, de mí; si hubiera aceptado la propuesta que una noche me hizo.
Y sus palabras vuelven a golpear mi memoria y las siento cercanas, como si ese instante por arte de magia hubiera quedado congelado.
Y escucho su voz fresca y joven que me dice “marchemos juntos”. No acepté, como siempre pudo más la cabeza que el corazón. Tampoco me arrepiento de la decisión que tomé aunque como he dicho un poco más arriba en más de una ocasión, en momentos de soledad me he hecho la pregunta ¿qué hubiera sucedido, cómo hubiese transcurrido mi vida, habría sido muy distinta a la que he llevado hasta ahora, hubiese sido más feliz? Hay momentos en que la vida te obliga a elegir. Y yo lo hice
Mi presente es otro, otras personas llenan mi vida. Por ejemplo ayer me preguntaste qué edad tengo. Hoy te respondo que varias primaveras, si la misma pregunta la hubieses hecho hace un tiempo mi respuesta hubiera sido, varios inviernos.
Me he dado cuenta que no se debe dar la espalda al tiempo, pero tampoco acumular preguntas que ya caducaron, los sentimientos que cuentan son los actuales, porque los que en un pasado se vivieron ya no pueden recuperarse, y lo que en su momento no se preguntó no merece la pena imaginar la respuesta. Porque para esas preguntas ya no hay respuestas.