miércoles, 27 de enero de 2010

Sueño pendiente




“No te duermas todavía, vengo a cumplir con lo que te había prometido”. Me dirigía a ti, a punto ya de iniciar el merecido descanso después de una dura jornada de trabajo. “No, no abras los ojos, limítate a darme la mano y sígueme”. Y tras pronunciar estas palabras nos dejamos llevar por el mundo de los sueños.

“Ya puedes mirar” te dije, mientras observaba tu rostro entre las sombras del anochecer. Nos encontrábamos en una playa desierta en aquellos momentos, de enorme anchura y arena finísima, y el sol estaba ya a punto de sumergirse en el mar. Aún cogidos de la mano iniciamos un tranquilo paseo por la orilla sin pronunciar ninguna palabra. Hacía casi frío y se acababa de levantar un aire de poniente que acrecentaba la sensación de baja temperatura. Pegando a la playa había una pequeña casa baja, que contaba con un porche protegido por esteras de nudos colgantes para impedir el paso del aire pero que no impedía la observación del entorno. Allí nos dirigimos y nos sentamos para resguardarnos.

“Bueno ¿qué te parece este lugar?”, pregunte, y por primera vez escuché tu voz, “genial, la verdad es que estoy aún sorprendida”. Como note que continuabas con frío, entré en la casa y busqué un grueso chaquetón de lana que a pesar de quedarte enorme te pusiste. Estuvimos absortos contemplando la puesta de sol y cuando al fin desapareció en el mar te contemple y vi una expresión en tu rostro de paz y calma.

Enseguida empezaste a observar todo lo que se veía alrededor y preguntaste por una gran duna que cerraba uno de los lados de la playa. “Efectivamente, es una duna; el fuerte viento que sopla en esta playa ha ido formándola al depositar la arena que levanta sobre la montaña de pinos, que está haciendo desaparecer cubierta por ella”. “¿Y esas ruinas?”, seguiste preguntando; “Son los restos de la ciudad romana de Baelo Claudia de finales del siglo II a.C. y que fue famosa por la pesca, la industria del salazón y el Garum (una salsa derivada del mismo)”. La verdad es que resulta impresionante ver el yacimiento arqueológico bajo las sombras de la noche y al lado mismo del mar.

“Bueno ya está bien de hablar de realidades” comente, y echándote a reír me respondiste, “vamos entonces al mundo de la fantasía y la imaginación”, y te pusiste a hablarme del firmamento, de las estrellas; fuiste dándome a conocer las constelaciones, contando su historia, sus interpretaciones, los dobles sentidos que pueden darse sobre el cosmos. Yo estaba embelesado, y mis ojos no podían apartarse de tu cara, fija en el cielo, y que a la luz tenue de la noche me parecía perfecta. Y el placer de oír tu voz, las palabras surgían en voz baja, con una musicalidad que me tenía como hipnotizado. A esto habría que añadir tu aroma, el que emanaba de tus cabellos, de tu piel, todo me producía una sensación difícil de expresar con palabras; me sentía unido plenamente a ti. Volviste la cara y nos quedamos mirándonos a los ojos, sonreímos ambos y nos fundimos en un abrazo. Mis dedos acariciaron muy despacio tus mejillas, tus labios y, cerrando los ojos te devolví a tu cama y posando un leve beso en la frente susurre “ahora ya puedes quedarte dormida, y seguir soñando”.