martes, 19 de enero de 2010

La Travesía

Zarpamos con más de una hora de retraso, serían las 10 de la noche; mientras desatracábamos fueron muchos los viajeros que se quedaron en cubierta contemplando la maniobra; una vez que abandonamos el puerto y nos internamos en el mar, el viento que se levantó, haciendo aumentar la sensación de frío, hizo que poco a poco toda la gente buscará refugio en el interior.

La noche, a pesar de las bajas temperaturas, presentaba un aspecto agradable; un cielo totalmente despejado, sin una sola nube, permitía contemplar una enorme cantidad de estrellas y, además, la luna llena proporcionaba una luminosidad casi mágica. Hablamos sobre si entrábamos o no en cubierta y ambos estuvimos de acuerdo en permanecer fuera. Después de permanecer unos minutos acodados en la borda, y ante la espuma que nos salpicaba allí asomados, decidimos dar un paseo y finalmente nos sentamos en unas tumbonas de popa que quedaban relativamente protegidas del mal tiempo. Descubrimos unas mantas de viaje dobladas en el suelo, al lado de una escotilla, y cogiéndolas nos tapamos con ellas.

Estuvimos un buen rato en silencio, disfrutando del espectáculo de la noche estrellada. Después, fueron brotando las confesiones; de manera sencilla y sin ningún interés oculto nos contamos nuestras aspiraciones, los hechos y recuerdos principales de nuestras vidas, las sensaciones que, comprobamos sorprendidos, eran prácticamente vividas por cada uno de nosotros. Al ir desgranando confidencias, apreciamos que compartíamos igualmente sueños e inquietudes.

Fue toda una experiencia el descubrirnos cada no en el otro, y a la vez conocer a la otra persona y ver que nuestros sentimientos eran similares. Dejamos de hablar y nos limitamos a mirarnos a los ojos. Nos dejamos atrapar ambos y en esos momentos nos dimos cuenta de que ambos formábamos un solo ser. De manera instintiva nos buscamos los dos, y permanecimos abrazados, sintiendo el roce de nuestra piel, el olor de cada uno, y entonces nos hicimos una promesa, siendo conscientes de que aquella sería la única y última noche que estaríamos juntos, las noches de luna llena, estuviéramos donde estuviéramos, contemplaríamos el cielo y las estrellas, a poder ser, a la orilla del mar, y de esta forma volveríamos a estar juntos.