sábado, 12 de abril de 2008

Davinia

(Publicada inicialmente por Maverick en El Cafe de Madison el 12-Abril-2008 a las 20:34h.)

[por Maverick]

Querida Dama Misteriosa:

Son las doce menos veinte de la noche y es miércoles. Los miércoles son los días que te veo casi invariablemente. Tal vez me hayas visto alguna vez detenido delante de tu casa. Suelo pasar caminando por la Avenida Pérez-Galdós de camino a casa todos los días al terminar mis ejercicios de natación en la piscina del polideportivo. Sin embargo, los miércoles, desde hace un año y medio, regreso por la Avenida Libertad y, normalmente, suelo verte. Me he acostumbrado a esa rutina semanal. Cuando llega el miércoles, mientras estoy nadando, en el interior de mis pensamientos que se funden con el chapoteo del agua, te dibujas nítida, fresca y serena envuelta en ese aire de misterio que me permite imaginar tantas bellas escenas. Es el único día en que miro la hora que mantiene el reloj de las instalaciones para no retrasarme en ese pequeño placer que supone para mí el contemplarte a través de los grandes ventanales de tu casa. De forma automática, a las nueve y media salgo del agua, me dirijo a los vestuarios, me doy una cálida ducha con champu que elimine de mi cabello y de mi piel los restos de cloro, me visto, me miro con cierto aire de coqueta masculinidad y me voy en busca del pequeño gran placer de contemplarte durante esos minúsculos dos minutos…

Camino por la avenida y me detengo justo al lado de ese farol negro que hay en la acera que ilumina el jardín delantero de tu casa y que ahora tienes precioso vestido de rosas, pensamientos y lilas, además de las infinitas margaritas que se dibujan por todo el césped. Te imagino leyendo en ese banco de madera que tienes bajo el sauce en las tardes de verano. Sin embargo, yo siempre te he visto tras la ventana del salón.

Todos tenemos algún que otro capricho que no tiene explicación para nadie más que para nosotros mismos, así que no puedo evitar preguntarme por el significado de esa vela que tienes siempre encendida sobre la mesa en que lees y escribes. Pero no me importa realmente porque resulta tan misteriosa y encantadora como la escena que se compone alrededor de ti y de tus libros. Te encuentro siempre tan enfrascada en la lectura, tan comprometida con tus personajes y tus autores, tan ajena al ajetreado mundo que nos envuelve a los demás… Es delicioso mirarte. Sólo son dos minutos, pero en esos dos minutos, el mundo se detiene, mi vida se para, y la realidad y el presente se convierte en un lejano pasado. De repente, toda la belleza de la Creación se reduce a ti y a ese místico, misterioso y atrayente ambiente que te envuelve y en el que puedo apreciar desde la distancia la paz que reina en él. Casi puedo ver las palabras de tus libros revoloteando como mariposas de brillantes colores en torno a ti y posándose sobre tus dorados cabellos. Percibo el aroma de las rosas de tu jardín de las que probablemente has cortado hoy unas pocas y has colocado en algún jarrón de tu salón para que la estancia sea aún más acogedora si cabe.

Hace unas semanas, mientras te miraba en mis dos minutos robados al tiempo, imaginé cuál sería tu nombre. No. No lo quiero saber... aún. Sólo lo imaginé. Te veo tan perfecta en ese estado elevado de conciencia en el que te encuentro cada miércoles que jamás mi mente podría dibujar una mujer más maravillosa, ni más bella, ni más... Busqué un nombre de mujer de entre todos los que recordaba mi memoria encontrados en las distintas creaciones artísticas del ser humano a lo largo de su historia a las que he tenido acceso. Tras una larga noche incapaz de conciliar el sueño apareció como entre la niebla de mis pensamientos una mujer envuelta en sedas vaporosas, dulce y sensual con una diadema de pequeñas flores azules recogiendo sus cabellos que me dijo su nombre… Y decidí entonces que, en mis pensamientos, te llamaría Davinia, porque era necesario que tuvieses un nombre que te diera una ubicación en la organización de mis pensamientos. Y, ahora que, desde otra casa vecina se oye el sonido de una trompeta que se mezcla con violines en un suave jazz que anima el silencio de esta noche estrellada con un swing que encantaría a Frank, me siento más cerca de ti y me veo impelido a escribirte... Davinia. Sin palabras, me gustaría llegar hasta ti, tenderte mi mano y bailar contigo en el jardín frente a tu casa, descalzos sobre las margaritas, tú con tu vestido azul y yo con esta vieja camisa blanca remangada hasta los codos que me gusta poner para escribir… y bailar… Juntos, olvidar que existe todo lo demás y, como dos personajes de tu mejor libro, dejarnos seducir por los encantos de la noche, de la música, de las palabras, del misterio y amanecer mañana en Viena, en Roma o en Paris o donde quiera que los duendes de tu imaginación nos quieran describir como protagonistas de una nueva novela de la que tan sólo tú sabes el comienzo y el final…

De momento, hoy te he escrito esta carta y mañana espero entregarla en tu buzón. Como te prometí, querida Dama Misteriosa, te escribo. Salgo de las páginas de una historia aún no contada para convertirme en el hombre que espera verte dos minutos cada miércoles para seguir vivo una semana más, con la esperanza de que algún día pueda formar parte de una bonita historia novelada junto a ti y aparecer entre las páginas de ese libro que semana tras semana te veo leer.

Un beso querida Dama Misteriosa.

Maverick

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