martes 9 de febrero de 2010

Eva al desnudo


-Es actriz, se graduó en Copacabana
-Ya veo que tu carrera ascendiendo por el Este, como el sol.
-Amor era lo único que teníamos de sobra en el sur


Hace no más de tres horas estuve almorzando con Karen y como siempre que una mujer trata de averiguar algo me dijo más que yo a ella.


-Que yo te quiera se me antoja ahora repentinamente como algo inverosimil , pero quizás sea esa precisamente la razón.
-Y llegué a no distinguir lo verdadero de lo irreal, salvo que lo irreal me parecía más verdadero.

No pretendo ser una niña, con ser como soy me basta.
Es un corderito perdido en nuestra selva de piedra.

-¿Por qué todos los empresarios parecen pobres e infelices?
-Porque eso es lo que son, querida.


Eres una persona inverosímil Eva, y yo también. Eso tenemos en común. Junto con el desprecio por la humanidad, incapacidad para amar y ser amados, e insaciable ambición y talento.

Y llegué a no distinguir lo verdadero de lo irreal, salvo que lo irreal me parecía más verdadero.
Todos me conocen a mi; todo el mundo. Yo en cambio no he conseguido conocerme todavía.



lunes 8 de febrero de 2010

Paseo nocturno

Tomados del brazo nos internamos por el barrio de la Rivera mientras comenzábamos a hablar. Carme, ese era su nombre, me dijo que había nacido en Barcelona y allí había vivido hasta los doce años en que su familia se trasladó a Roma por motivos profesionales de su padre. En Italia permaneció cuatro años, realizó sus estudios y le quedó un gusto especial por el arte y la historia. De regreso a Barcelona, se matriculó en Filosofía y participó activamente en los movimientos estudiantiles contra el régimen franquista de los años setenta.

Absorto en lo que me estaba contando Carme, cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en la Plaça de Santa María, donde nos detuvimos para admirar el exterior de la iglesia; comenté que siempre que la visito, lo que suele hacer en casi todas mis estancias en la ciudad, me impresiona más que la vez anterior. Me gusta imaginar como sería este barrio en el siglo XIV y que sentirían las gentes de la época ante la visión del magnífico e impresionante templo. Continuamos andando, ahora por el carrer de Sombrerers hasta que alcanzamos el de Montcada, otro de mis lugares favoritos.

Paseando por esta calle y deleitándonos con los edificios casi palaciegos de la época, seguimos hablando. Me contó que una vez terminada la carrera su vida había dado un giro total; se enamoró locamente de un hombre de negocios que correspondía a su amor con otro si cabe mayor. Se casaron tras poco más de un año de relaciones, tuvieron tres hijos en los primeros cuatro años de matrimonio y ella se volcó en la familia. Cuando los niños fueron creciendo empezó a acompañar a su esposo en la activa vida social que requerían sus empresas. Mantenían una posición más que holgada, se relacionaban con las capas más altas de la sociedad catalana, como pareja todo funcionaba perfectamente, no faltaban manifestaciones cariñosas entre ellos, en la cama todo marchaba bien y a su alrededor todo era tranquilidad y buen ambiente.

Callamos unos instantes mientras nos deteníamos ante un portón semiabierto para observar lo poco que se apreciaba de un bello patio interior; sonreímos y comentamos el encanto de ese recoleto recinto. Y seguimos con las confidencias. En esa vida ordenada había ido transcurriendo el tiempo y con el paso de los años se había convertido en una señora seria, educada y que no se abría ante nadie; de ahí la primera impresión que me causó de ser una persona distante. Ahora los hijos habían crecido y hacían su vida, el esposo estaba más dedicado que nunca a sus negocios y ella empezaba a sentir la soledad, la soledad a pesar de estar rodeada de gente que la adulaba, decía quererla y estaban pendientes de su vida. Por eso, aprovechando esa noche, ante un desconocido como yo, quiso abrir su coraza y mostrar los sentimientos que la agobiaban.

Entonces me tocó a mi el turno y, sin ser consciente de ello, la fui contando mi vida, mis viajes, mi situación familiar, mis deseos y sueños y así, no se cómo surgió, empecé a hablarla de la particular búsqueda de mi desconocida. Acordamos que por aquella noche ella sería la persona que llevaba toda mi vida soñando. Decidimos entonces no hablar más, simplemente sentirnos acompañados uno del otro, notar nuestro calor, percibir cada uno la presencia del otro, su compañía, e iniciar un sueño juntos. La noche acabó con un suave beso, apenas un roce de labios, y un abrazo que se nos antojó interminable. Nos despedimos para siempre y fuimos cada uno por un lado.

Pasarían años, tres o cuatro, hasta que en un congreso, celebrado en Salamanca, nos encontramos de nuevo cara a cara. Y empezó otra historia, mejor dicho, continuó la que no debería haber terminado.

domingo 7 de febrero de 2010

Ciudades e historias


Me gusta pasear de noche, cuando la ciudad ya está empezando a dormir y sólo queda vida en las zonas de diversión, pero las calles se han ido vaciando, el tráfico disminuye y se instala la calma y el silencio. Y en esos instantes me deslizo despacio, recreándome en el andar, bien abrigado si es invierno, por los espacios de cualquiera de mis ciudades preferidas, que debo decir son muchas.

El paseo del Prado, en la mía; el de Gracia, la Vía Laietana hasta llegar al Born, en Barcelona; la Ronda del Darro hasta el Mirador de San Nicolás, en Granada; la judería de Córdoba; Broadway hasta el East Village en Manhattan; el mágico Montmartre de París, con su sorprendente calle del Chevalier de la Barre y sus trozos de vidrio en los adoquines que flanquean las escaleras que al recibir la luz se iluminan representado el mapa del cielo. Y por supuesto, mi querido Camden en Londres, bordeando el canal hasta Regent’s Park.

Todos y cada uno de estos lugares tenían algún significado para mí, generalmente relacionado con los sueños que había forjado en esos paseos. Cierto que había vivido experiencias siempre interesantes, conocido a gentes, experimentado sensaciones y dejándome abrazar por la realidad y belleza de lo visto. Por supuesto, de todas estas vivencias la que más gratificante me resultaba era el descubrimiento de otras personas, de seres en principio muy diferentes pero que a la postre resultaban tener mucho en común conmigo. De todas ellas guardo un recuerdo emotivo y que el transcurso del tiempo no ha conseguido enfriar.

Recuerdo a la intrigante y misteriosa mujer catalana con la que coincidí en unas jornadas en el CCCB, seria y distante en un primer momento, casi antipática, pero que una noche quiso la casualidad que coincidiéramos en el mismo restaurante, el 7 Portes, en el paseo de Isabel II, que me habían recomendado para degustar sus arroces. Me sorprendió encontrarla cenando ella sola, y aún más cuando, saludándome con amabilidad, me invitó a compartir mesa con ella. Lo hice con fastidio pensando que la noche se me había torcido. Poco a poco esta sensación fue cambiando, según discurría la noche se fue mostrando más comunicativa y llegó un momento en que me sentí a gusto con ella. Terminada la cena me preguntó si me apetecería pasear, y al contestarla yo afirmativamente, se cogió con naturalidad de mi brazo y comenzamos a andar.

Descubrí que tras la fachada de persona insociable, seca y aparentemente poco comunicativa, se refugiaba alguien sensible, toda ella sentimiento, y que únicamente necesitaba abrir todos sus sentimientos a alguien que la escuchará y no la interrumpiera. Y yo acepté que se desahogará conmigo, al fin y al cabo ni nos conocíamos apenas ni posiblemente volveríamos a vernos.

Pero las cosas no son como uno se imagina. Tal vez continúe esta historia e inicie las de los otros lugares. O tal vez no, quien lo sabe hoy.

sábado 6 de febrero de 2010

Sábado


A veces me da por inventar historias, me suele ocurrir en temporadas que atravieso algún bache y el vacío que siento se hace difícil de sobrellevar.
Cuando eso me sucede me asusto, porque tengo la horrible sensación de estar muriendo lentamente, entonces pongo en marcha mi imaginación y empiezo a escribir. Como creo que escribir sobre mí no vale la pena invento y escribo sobre otros, sobre otras personas que creo tienen una vida y mundo mucho mas interesantes que el mío. Aunque escribir e inventar sobre personas imaginarias y ajenas a mí tampoco es algo que me acaba de convencer.

Después de vagar por la casa salgo a la calle, camino, busco un paisaje que me agrade en esta mañana de sábado clara y muy ventosa, mis pasos me han llevado hasta el mismo lugar que voy desde hace años, el mismo paisaje, la misma vista y qué distinta sensación tengo entre lo que veo hoy y ayer
Me gusta venir aquí, y sentarme sobre una piedra (las hay enormes), en el suelo, observar los árboles…pero si me doy la vuelta puedo ver el mar, esta mañana hay bastantes embarcaciones de vela. Es muy bello lo que tengo ante mí; por momentos cierro los ojos y me imagino observando un cuadro de Sorolla o algún otro pintor del mismo estilo. Me fascinan las pinturas de Sorolla y Sisley.
De nuevo me doy la vuelta y dirijo la vista a los árboles, hay de distintas clases, pero a mi me gustan especialmente los almendros, están descuidados, creo que no son de nadie, aunque dicen que todo tiene dueño.
No me gustan los eucaliptos, no me gusta su olor. No me gusta su figura. Tampoco me gusta el color de sus hojas; pero los almendros son hermosos, además están a rebosar de flores.
Y sin venir mucho a cuento se agolpan una serie de reflexiones en mi cabeza.
Es aconsejable destapar sentimientos en solitario, ante una misma, sin vergüenza , abandonarse ante la belleza del instante o dejarse acariciar por el sol, he pensado en no decir nada para hablar todo. He pensado que me gusta mirar en silencio
Y pensado en las historias. En esas historias que nos suceden a nosotros, que son las mismas historias que le suceden a los demás, y he pensado en lo parecidos que somos todos.
Y me quedo un rato más por aquí, observando y pensando en poner nombres a todas y cada una de las emociones que me embarguen.





viernes 5 de febrero de 2010

Los hombres de mar tambíen son románticos


Sau y Luz Casal

">

Manolo garcía

">