miércoles, 18 de junio de 2008

Tierra

[por Gaviero]
Mi siempre anhelada tierra:

No sabes las fuerzas que ha desatado tu carta en este humilde, solitario y pobre navegante. Una sacudida nacida en el fondo de mi alma ha hecho temblar mi viejo y arrugado corazón.

Nunca pensé que mis gritos llamándote, mis sueños invocándote, mis pasiones y deseos por llegar a poder acariciarte, por dejarme hundir entre tus brazos..., tuvieran un día respuesta alguna. Y no ha sido simplemente una contestación a mis desvelos por reencontrarte sino, presentarte ante mi desnuda toda, sin recato ninguno, sin miedos, verazmente, devolviendo la vida a este naufrago muerto, a esta cepa arrugada, con el rostro curtido por vientos, por tormentas, por tifones.

Se contarán por cientos, por miles, por millones, las veces que he implorado refugiarme en tu cuerpo, con caricias suaves en tu piel gaditana, contemplando en silencio el ocaso del día, viendo hundirse en las aguas, por mi tan conocidas, el astro que da vida. Igualmente he soñado besarte las arenas de tu cuerpo bronceado, al volver del Levante, del seno mediterráneo. Llegaba aún aturdido por los dulces aromas de especias del Oriente, olor a cardamomo, a jengibre, a cúrcuma y cilantro; y en aquellos momentos, pleno de sensaciones, clamaba por ti, tierra, mis gritos aturdían, pero tu me ignorabas.

También he conocido tus lados más violentos, tu pasión desbordada, tus enfados, tu ira. Te he visto abrir la boca, como fauces salvajes, en la Praia de Augas Santas, cuando al bajar la marea dejabas entrever lo más íntimo de ti, pero siempre cerrando el mundo interior que apenas me dejabas vislumbrar. Por ello, de vuelta al mar, bordeando tu figura envuelta en brumas, hasta llegar, en Cariño a verte en toda tu pasión, desde lo alto del cabo me miraste con desdén, alzabas tu Ortigal con soberbia casi, ignorando al navegante. Y tu actitud se mantuvo, más bien creció, con la salvedad de Corme, donde posaste los ojos en mi; sería por las vidas allí dadas por los percebeiros, o por el baile de los delfines, o tal vez por tus acantilados donde crece “o perexil de mar, a herba de namorar”. No lo sé, pero me miraste, te despojaste de la bruma gris que rodeaba tu cuerpo y el sol surgió para abrazarte. Ante esa dulce visión, me atreví a abandonar el navío y caer en tus brazos, bajo el viejo faro. Permanecimos callados, sin hablar, casi sin respirar, pero sabiendo que nos encontrábamos al fin. Y mis ojos te hablaron de mi amor, de mi deseo, de las frías y solitarias noches soñándote; creo que te ame desde siempre. Y ya juntos, me llevaste a uno de tus más íntimos y mágicos rincones de tu ser, y dándote toda a mi, contemplamos con los ojos de miles de años el fin de la tierra, la inmensidad del mundo en que me muevo, la mágica fisterra.

Y desde entonces, al hundirme en tu cuerpo, fuimos uno, y seremos siempre uno, aunque la distancia separe los mundos, allí, en mi gavia, y tu esperando recibirme, permaneceremos unidos y, ni la muerte, esa nos unirá más, podrá separarnos.

Te soñare siempre

Gaviero de sueños