domingo, 14 de febrero de 2010

Haman (ternura)

Las habitaciones de arriba eran muy sencillas; tenían los suelos de baldosas blancas, las paredes encaladas y pocos muebles. Había algunos divanes muy estrechos, tapizados con telas de algodón estampado con diseños de flores, cojines rústicos y esteras de rafia, que se lavaban fácilmente. Los pies mojados, las babuchas e incluso el té derramado accidentalmente no provocaban allí escenas tan exageradas como abajo. La vida arriba era mucho más agradable, en especial porque todo iba acompañado de haman, una cualidad emocional marroquí que muy pocas veces he encontrado en otras partes. Es difícil definirlo con precisión, pero básicamente consiste en una corriente de ternura que fluye con naturalidad, despreocupada y siempre disponible. Las personas que ofrecen haman, como tía Habiba, nunca amenazan con retirarle el cariño a alguien si comete una falta leve o incluso grave pero involuntaria. Abajo era difícil encontrar haman, especialmente entre las madres, que estaban demasiado ocupadas en enseñar a sus hijos a respetar la frontera como para preocuparse de la ternura.

Arriba era, además, el lugar donde se encontraban cuentos. En lo alto de los cientos de peldaños brillantes estaba la planta tercera y última de la casa y, delante, la terraza, toda enjalbegada, espaciosa y acogedora. Allí tenía tía Habiba su habitación, pequeña y bastante vacía. Su marido se había quedado con todas las cosas del matrimonio, en la creencia de que de ese modo podría alzar un dedo pidiéndole que volviera y ella bajaría la cabeza e iría corriendo a su lado.

- Pero nunca podrá arrebatarme lo más importante –decía a veces tía Habiba-; mi alegría y todas las historias maravillosas que puedo contar cuando la audiencia lo merece.

Una vez le pregunté a mi prima Malika qué quería decir nuestra tía con “una audiencia que lo merece”, y ella confesó que tampoco lo sabía. Le dije que tal vez deberíamos preguntárselo a tía Habiba personalmente, pero Malika dijo que no, que era mejor no hacerlo porque tía Habjba podía echarse a llorar. Tía Habiba lloraba a menudo sin motivo, todos lo decían. Pero la queríamos mucho y los jueves por la noche casi no podíamos dormir de la emoción que producía en nosotros el pensar en los cuentos de los viernes.

“Sueños en el umbral” (Fátima Mernissi)