jueves, 20 de noviembre de 2008

LA MERIENDA

[por Takeo]

Querida J.:

No sé donde estás ahora. Qué haces. En qué piensas. Ni siquiera puedo imaginarme que hayas vuelto a pensar en mí.

Habíamos quedado para dar un paseo por la tarde madrileña, en ese atardecer que a ti tanto te gustaba. Cuando salí del trabajo decidí dar un paseo porque era temprano. Me dediqué a mirar escaparates, a imaginarme qué temas trataríamos en nuestra deseada charla.

Cuando llegué al lugar de la cita te comenté que venía andando desde el trabajo y, ahí se fue todo al garete. No puedo dejar de pensar en esa dichosa frase: "He venido dando un paseo desde el trabajo" Esas ocho palabras nos separaron para siempre.

Decidiste que iríamos a merendar. Insististe en que me sentara en el taburete, junto a la barra. Te dije que no estaba cansado, que estaba bien. Insististe en darme la mitad de tu enseimada. Te dije que no, que gracias, que me llegaba con mi bizcocho relleno de crema pastelera y nata. Volviste a insistir en que me sentara tres o cuatro veces más porque estaría cansado, y tres o cuatro veces más te dije que no. Pusiste media enseimada encima de mi postre y, ya enfadado y cansado de que me agobiaras, la devolví a tu plato y, entonces, te enfadaste tú conmigo.

Un frío pensamiento de hielo se estableció de forma absurda e inesperada entre nosotros.
Al salir a la calle, sin decir nada, me fui/me acompañaste al autobús. Cuando llegamos a la parada corrí para que no se me escapara con un adiós torpe de los dos.

Después, un par de mensaje por email intentado, cada uno, justificar nuestra forma de actuar. Después, nada.