lunes, 19 de abril de 2010

Marraquech


Estaban sentados en un velador de la terraza superior del Café de France desde el que contemplaban el trasiego de la plaza Jemaa el-Fna. Empezaba a caer la tarde y las luces iban encendiéndose allí abajo. Pronto se oiría la cuarta llamada a la oración hecha por el muecín desde la cercana mezquita de la Kotubia.


Ella era la primera vez que visitaba Marraquech y no se encontraba muy tranquila ante el ambiente caótico y ruidoso de sus calles. No era miedo lo que sentía pero si una inquietud que la mantenía en constante tensión e intranquilidad. Y esta sensación había crecido al conocer que él había reservado para alojarse una de las casas de la Medina, en pleno Zoco. El hombre la miraba sonriente mientras degustaban un te moruno bien cargado de hierbabuena, e intentaba tranquilizarla. Con la caída de la tarde nuevas actividades iban desarrollándose en la plaza a sus pies, por lo que tomándola del brazo abandonaron el café y se sumergieron en ella.



Entre la multitud de personas que deambulaban sin aparentemente rumbo fijo, aparecían los encantadores de serpientes, los escritores, los vendedores de cosas insólitas, los aguadores… La mujer empezó a sentirse en un mundo diferente, casi medieval, y es que efectivamente esa era la sensación que se producía cuando se visitaba el lugar por primera vez, era como si uno se viera transportado en el tiempo y vivera en las ciudades del antiguo Oriente. A ello, sin duda, ayudaban los olores y aromas que se esparcían por todas partes, a especias como el cardamomo, la canela o la cúrcuma; el olor a cuero de las babuchas; los de la “henna” y el “kohol”, siempre presente en el zoco.


A los placeres del olfato había que añadir los que de la vista, y el hombre fue enseñando a la mujer los puestos de especias, donde se mezclaban el rojo del pimentón, el beige del comino, el amarillo de la cúrcuma, los verdes de las semillas de anís y de pimienta--- Poco a poco ella se iba relajando y se dejaba embargar por las sensaciones que percibía. Su tranquilidad también aumentó cuando ante el primer vendedor que empezó a atosigarles, el hombre endureciendo el rostro le dijo unas palabras en voz alta, terminando con un “allez, allez” que fueron como un mensaje captado hasta los últimos rincones, nadie más volvió a importunarles.


Despacio, deteniéndose en todos los sitios de las callejas entoldadas que llamaban la atención de ella, fueron profundizando en el interior de la medina, pudiendo apreciar como se iba atenuando el ruido, desapareciendo gente, y estando cada vez más tranquilos, hasta que se detuvieron delante de una puerta en un callejón sin salida y en un edificio que aparentemente no tenía ninguna ventana al exterior, tan sólo se apreciaba una terraza superior semitapada por una celosía. El hombre dijo “ya hemos llegado” y tras llamar a la puerta, se abrió y se encontraron en un patio prácticamente cubierto de geranios y todo tipo de plantas, con una fuente central que producía el único ruido que se escuchaba, el caer del agua.



Y pasaron unos días inolvidables, pero eso quedó oculto de momento tras la puerta nuevamente cerrada. Tal vez algún día nos lo quieran contar.