martes, 13 de abril de 2010

Arriba y abajo


Querida Eleanor:

Al tiempo de estas líneas deseo que os encontréis bien y que la vida os traiga las oportunidades de disfrutar momentos de paz y felicidad. Desde las lejanas fechas en que nos vimos por última vez son muchas las cosas que han sucedido en mi vida. Es de suponer que en la vuestra también y que sean tan buenas, al menos, como las mías, ya que tengo que decir que la fortuna me ha sonreído. Transcurridos cinco años, lo cierto es que puedo escribiros estas líneas con la serenidad y la sensatez que da la distancia y el tiempo, que me permite también hacerlo sin la afectación de los sentimientos que entonces me envolvían hacia vuestra persona, cuando optasteis por una vida mejor junto al estimado conde de Watford, del que sólo tengo ahora palabras de agradecimiento.

Recientemente he sabido que ahora vivís felizmente casada con Sir Walter Wilson. Debo comentaros que conozco personalmente a Sir Walter desde hace años, cuando ambos pertenecíamos al mismo club de caza y siempre he pensado que tiene un gran talento para los negocios. De hecho, como anécdota, puedo contaros el modo en que adquirió el precioso palacio de Brentwood en el que, tengo entendido, ahora residen para vuestra dicha. Tal día como un quince de marzo hace seis años se terció una partida de cartas entre varios miembros del club entre los que me incluía. La partida se alargó dos días, tras los cuales algunos perdieron más de lo que tenían. Sir Walter ganó el palacio en una arriesgada apuesta en la que sólo quedaban él y vuestro esposo, Lord Wessex, conde de Watford. También tuve suerte ese día, pues de las tres mil libras que me quedaban de la herencia de mis abuelos, logré salvar quinientas tras aquella partida épica.

Me trasladé entonces a la city londinense buscando la mejor forma de invertir lo que restaba de mi fortuna. Nada más llegar al sur de Kensington conocí a una encantadora dama adorablemente vestida y que lucía unas llamativas joyas en su precioso cuello que se dirigió a mí. Me presenté como Lord Clive y ella dijo llamarse Miss Diane. Cosas del destino, mi querida Eleanor, tuvo a bien la fortuna permitirme conocer a la tutora de Miss Diane, Miss Margaret. Miss Margaret resultó ser una experta administradora e inversora de capitales y pronto iniciamos conversaciones para depositar el fondo de quinientas libras que me quedaba de mi herencia en sus libros de gestión financiera. Fue todo un éxito. El depósito comenzó a incrementar rápidamente su valor gracias a las habilidades de Miss Margaret para detectar una buena inversión. El pacto era que no podría disponer de mi depósito hasta pasado un tiempo, así que Miss Diane se ofreció a hospedarme en su apartamento del centro durante unos días, mientras me situaba.


Pronto comenzó una buena relación entre Miss Diane y yo. Supongo que estábamos enamorados. Era una dama muy atractiva, casi tanto como vos. Teníamos una complicidad y una fidelidad bárbaras. Ella había aprendido de su tutora el arte de invertir depósitos de la gente bien de la ciudad, así que prácticamente todos los días recibía visitas de educados y elegantes caballeros que le confiaban sus ahorros para invertir. Después ella me daba una parte de los beneficios y yo jugaba a las cartas en el selecto club de caballeros de Lord Randolph Westbury, donde rara era la ocasión en la que distinguidos caballeros de la city no me hablaran para que Miss Diane les permitiese incluirles en su agenda de inversores.

A estas alturas, Miss Margaret, había tenido que trasladarse a Paris por cuestiones de salud, desde donde me escribió una carta comentando la situación en la que se había encontrado al fallar una de las inversiones en un proyecto que quebró y que coincidía justo con las de mi capital. Resultó un poco cómico, pero ya se sabe que en las inversiones se corren riesgos y todo puede suceder. Sin embargo, Miss Diane, era una alumna aventajada y, cuando comenzó a llevar algunas cuentas importantes como la del alcalde y algunos concejales de la ciudad, tuvimos que instalarnos en una casa más grande, en Kensington, cerca del parque Holland. Miss Diane tomó la misma costumbre de su tutora y era especialmente discreta, tanto que no me permitió poner ninguna placa o cartel anunciando su empresa financiera y eso que ya para entonces otras tres amigas suyas se habían asociado con ella para poder gestionar tantos depósitos.

Un día aparecieron alrededor de diez agentes de policía con un juez que ordenó la detención de todos nosotros. Mi querida Eleanor, seguramente no os podéis ni imaginar las acusaciones que vertieron sobre nosotros, ni las voy a comentar aquí por respeto a una dama como vos. Acusaciones absolutamente falsas y absurdas por las que nos llevaron detenidos. Esto sucedió hace dos años, que son los que pasé en prisión. Allí fue estupendo. Teníamos partida de cartas casi todas las noches y, algunas veces, alguien conseguía una botella de whisky irlandés. Conocí buena gente allí. Cuando salí, intenté reunirme con Miss Diane, pero me enteré que también había tenido que irse a Paris. Por razones de salud creo. Debe ser que Paris es mejor para la salud que Inglaterra, pero lo desconozco.

Ahora me vuelve a ir muy bien. Después de trasladarme a Southampton para tratar de buscar fortuna en los muelles, coincidí con Lord Wessex, conde de Watford, vuestro segundo marido tras de mí, que había levantado un próspero negocio que también requería muchísima discreción. Por eso os comento estas cosas en un tono estrictamente confidencial. Se dedica a la importación y distribución de las armas que utiliza la policía y el ejército de su graciosa majestad, que Dios salve muchos años. Me ofreció ser su socio. El negocio me pareció bueno y acepté. Él gestiona la parte financiera y yo me ocupo de la distribución y la logística, que van más con mi carácter. Las cosas van tan bien que ya he recuperado las quinientas libras que había perdido en Londres. Lord Wessex me comentó un día cómo había comenzado este negocio. Parece que poco antes de que unierais vuestro destino al de Sir Walter, vos cedisteis en un acuerdo común cincuenta mil libras a Lord Wessex y con ese dinero inició su proyecto. Resulta ciertamente curioso que cuando os separasteis de mí para uniros a él en su día también eran cincuenta mil las libras desaparecidas de la herencia de mis abuelos ¿no os parece graciosa la coincidencia?

Mi querida Eleanor, sabéis en cuánta estima os tengo y lo mucho que deseo que os encontréis tan encantadora, alegre y feliz como el grato recuerdo que guardo de vos. Tal vez tengamos la oportunidad de volver a reunirnos en un futuro, aunque recientemente he oído que también os trasladáis por un tiempo a Paris. Como ya os he dicho, pienso que Paris debe ser una ciudad buena para la salud. ¿No os parece que resultaría ciertamente divertido que coincidieseis allí con mis buenas amigas Miss Diane y Miss Margaret?. Si así fuese, no me cabe la menor duda de que juntas podrían constituir un excelente negocio dedicado a las inversiones y a la gestión de finanzas mucho mejor y más rentablemente que los bancos más acreditados y de mayor renombre.

Os envío un abrazo y un beso en el recuerdo de los buenos tiempos mientras espero nuevamente en prisión a que venga Lord Wessex para declarar en mi favor, pues se ha vuelto a producir un nuevo malentendido. La policía sostiene nuevamente un argumento que resulta totalmente absurdo y no creen mis explicaciones. Confío en que todo se arreglará pero me he traído una baraja de cartas por si esto se alargase.

Os quiere,
Lord Clive
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