viernes, 15 de agosto de 2008

Carta XX

[Por 1452]

Carta XX

Esos ojos verdes cerrados, descansando sobre una almohada perfumada la noche anterior.
Ese rostro plácido, lejos de mí, soñando con algo que yo no puedo alcanzar.
Esa mano aferrada a mi cadera.
Y de repente te miro, y creo que entiendo por qué detuve mi camino aquí.

¿Recuerdas cómo nos conocimos? Todavía me provoca risa pensar en ello.
Una sala, más de veinte personas, y te detuviste junto a mí. Sonreíste y el reloj perdió velocidad. De alguna manera extraña, que todavía no he llegado averiguar, desplazaste a mi acompañante a un segundo plano, y éste no hizo otra cosa que balbucear palabras confusas.
Me dijiste tres palabras que ya no olvidaré nunca, y desapareciste.
Y sólo pensé, ¿cómo alguien puede tener la clave exacta para entrar en la vida de otra persona? ¿Cómo alguien puede tenerla para entrar en la mía? ¿Cómo un ser puede estar diseñado a la medida de otro?
Todo daba igual, no sabía quién eras, no te podía encontrar. Eras tan sólo una especie de sueño, que duró el tiempo suficiente para embriagarme con su perfume, antes de evaporarse en el aire.
Pero extrañamente, volviste… y era extraño, porque aquella primera vez, ni yo estaba allí por ti, ni tú fuiste por mí.

Eras un tipo de límites. Dibujabas una línea imaginaria de la cuál no pasabas y de la cuál no permitías pasar a nadie. Te gustaba la perfección, tanto como sentir el viento en tu cara. ¿Qué mejor combinación que un amante de la perfección y una perfeccionista? Siendo además los dos conscientes, de que justamente lo mejor del otro, acabarían siendo los detalles que nunca serían perfectos. Era tan simple y tan complicado, como hacer encajar la llave correcta en la cerradura precisa.
Durante un tiempo, me mantuve en mi extremo de la línea. Tú en la tuya. Yo era desconfiada y tú estabas herido.
Pero a ti te perdían las soñadoras y a mí los analíticos.
Las líneas se desvanecieron. Tú ya no pudiste, seguir luchando contra ti, y yo, la lucha contra mí misma ya la tenía perdida.

¿Por qué te escribo ahora? Porque sé que te voy a perder.
Creí que sucedería mucho antes, quizás cuando tuviera que confesarte cualquier noche toda la verdad. Pero no. Es ahora cuando te pierdo.
Te perdonaría que me hubieras dejado por otra, que te fueras porque no podías quererme, que simplemente, hubieras dejado de desearme. Te lo hubiera perdonado todo, pero, ¿cómo perdonarte que me dejes enamorada, estando enamorado? ¿Cómo voy a perdonarte, que tus días sean menos que los míos? ¿Cómo voy a perdonarte? No sé si lo voy a poder hacer.
Recuerdo que me sonreíste sorprendido, cuando descubriste que me gustaba perfumar la almohada antes de dormir; con olor a océano, a madera, a rosas…
Recuerdo, verme rodeada de velas al despertar una madrugada, y a ti sentado frente a mí, desnudo, mirándome.
Recuerdos… eso es todo lo que me vas a dejar.

Te odio por irte. Te odio por no dejarme antes. Te odio porque no voy a saber vivir sin ti. Te odio porque cada día voy a desear dejar de vivir. Te odio porque me hiciste prometer que seguiría.

Me enseñaste a recorrer tu cuerpo como si fuera todo mi universo.
Te enseñe a soltar amarras y volar, a creer que todo es posible.
Me enseñaste que todo valió la pena para llegar a ti.
Te enseñé que yo nunca iba a pelear contra tus recuerdos, sólo los iba a sanar.
¿Para qué? Para que me dejes, teniendo la certeza de que estoy muerta, por mucho que tú quieras que renazca después de ti.

Tus tres palabras cuando nos conocimos, eran nuestro destino. Tú entonces no lo sabías. Creo que ni siquiera lo comprenderás cuando llegue el momento. Es mejor así. Yo tampoco querría saber.

Nunca te voy a perdonar, porque voy a ser incapaz de perdonarme.