miércoles, 9 de junio de 2010

Fernando Pessoa


Me gusta hablar. O mejor: me gusta palabrear. Las palabras son para mí cuerpos tangibles, sirenas visibles, sensualidades incorporadas. Tal vez porque la sensualidad real carece para mí de cualquier interés- ni siquiera mental o de ensoñación-, se me transmutó el deseo en aquello que en mí crea ritmos verbales, o los oye de los otros. Me estremezco si hablan bien. Esta o aquella página de Fialho, esta otra de Chateaubriand, hacen hormiguear toda mi vida por mis venas, me hacen rabiar trémulamente sereno por un placer inalcanzable que estoy sintiendo.
Algunas páginas, incluso, de Vieira, en su fría perfección de ingeniería sintáctica, me hacen temblar como una rama al viento, en un delirio pasivo de cosa a la que mueven.
Como todos los grandes enamorados, me place la delicia de la pérdida de mí mismo, cuando el gozo de la entrega se vive de una forma absoluta. Y así, muchas veces, escribo sin querer pensar, en un devaneo exterior, dejando que las palabras me hagan
Fiestas, como niño que llevaran al cuello. Son frases sin sentido, corriendo mórbidas, con una fluidez de agua sentida, un olvidarse…

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa