martes, 2 de marzo de 2010

Albert Camus



Vivir, claro está, es un poco lo contrario de expresar. Si he de creer a los grandes maestros toscanos, es testimoniar tres veces: el silencio, la llama y la inmovilidad.
Se necesita mucho tiempo para reconocer que a los personajes de sus cuadros se los encuentra uno todos los días en las calles de Florencia o de Pisa. Pero, del mismo modo, tampoco sabemos ver los auténticos rostros de quienes nos rodean. No miramos ya a nuestra conducta. Preferimos al rostro su poesía más vulgar. Pero Giotto o Piero della Francesca saben muy bien que la sensibilidad de un hombre no es nada. Y corazón, a decir verdad, tiene todo el mundo. Pero los grandes sentimientos simples y eternos en torno a los cuales gravita el amor: odio, amor, lágrimas y alegrías, crecen en la profundidad del hombre y modelan el rostro de su destino-como en el entierro del Giottino, el dolor de los dientes trabados de María-. En las inmensas maestà de las iglesias toscanas, veo muy claro una muchedumbre de ángeles con rostros calcados indefinidamente, pero en cada una de esas faces mudas y apasionadas, reconozco una soledad.
Se trata, en realidad, de lo pintoresco y lo episódico, de matices o de estar conmovido. Se trata, en verdad, de poesía. Lo que cuenta es la verdad. Y llamo verdad a todo lo que continúa.

Párrafo extraído del libro El Verano, Bodas, de Albert Camus