lunes, 21 de diciembre de 2009

Sin título


Fotografía de Chema Madoz

La velocidad de la vida
se mide en la intensidad de los sentimientos,
y aunque el espacio partido por el tiempo sea relevante
no existe ley física para numerar
como poco a poco vamos dejando de ser lo que éramos
para convertirnos en energia canalizada.

Los pensamientos surgen
desde la mas remota sombra de la nada,
nos confunden haciéndonos creer
que cuanto más suframos ahora
más nos reiremos mañana.

Las ideas se adquieren
una vez transcurre el glacial de la madrugada,
cuando el viento sopla contra el árbol
y las hojas transformadas en conocimiento
se rien en tu cara,
ya que puestos a no saber, no sabemos nada.

El conocimiento se expresa
con tiralíneas de autosalvación,
dentro de una paciencia desmesurada que planta orquídeas
inalcanzables,
en el querer perdurar en el fondo del mar de las algas,
o en los bares cerrados con vainas
a las que yo domino ingorancia.

La verdad se contempla
desde un balcón más lejano,
evidente en su talle crece
hasta conseguir la abolición de la caducidad
de unos besos que se mueren
por ser dados en cualquier momento
siempre y cuando el fulgor de la mentira
no los convierta en inútiles.

La obsesión aparece
cuando el pensamiento es castrado,
cuando el aguacero de ideas truena,
cuando el vendaval nos arranca el sueño
y las sirenas cantan antiguos poemas
de dulce descontento inmaculado.

La traición es el engaño
disfrazado de buena vecindad,
es la rabia comprimida ante un ser
que atormenta desde abajo
por no ser visto.
Falsedad que derraman las aceras para hacer más lento nuestro paso
en un sin fín de veleidades.

La contención es el secreto
que lanza anhelos de ser sabido,
la saeta que alivia nuestra introspección
un sillón de mimbre en la cumbre del sentimiento,
la fuerza de hacer permanente
nuestro paso nacarado.

La tristeza es el abismo
cual caudal es pendenciero,
en el firmamento del vaiven,
hipnótica pronostica malos augurios
que una vez ya sucedieron.