jueves, 7 de mayo de 2009

En el Metro

Como todas las mañanas llegó al metro deprisa, casi corriendo, entró en el vagón y consiguió asiento al lado de una de las puertas. Abrió el libro y se puso a leer, ansiosamente, anoche se había quedado al final de un capítulo tremendamente interesante. Cuando estaba más ensimismado en la historia percibió algo, tuvo la sensación de estar siendo observado, así que levantó la mirada y se encontro, justo en el asiento enfrente del suyo a una mujer que le contemplaba fijamente.

Al verse sorprendida bajo su cabeza y se sumergió en las páginas de un pequeño volumen que sostenía entre sus manos. El hombre por el contrario, movido por la curiosidad cerro el suyo y empezó a observarla. Era una mujer ya en la cuarentena, morena, con el pelo levemente rizado y no podría considerarse una belleza aunque tenía un cierto encanto, una mujer normal, pensó él. Intentó ver qué estaba leyendo, era una costmbre que no podia evitar nunca, y vió que era poesía, parecía una edición de Visor; ella se dio cuenta de sus esfuerzos por ver el título y, casi imperceptiblemente, le mostró la portada, Vuelo ciego, pudo leer comodamente. Ella le miró de nuevo y a él le pareció que sonreía.

A partir de ese instante, y mientras las estaciones se sucedían una detrás de otra, ambos suspendieron la lectura y se buscaron los ojos ya sin rodeos; en los primeros momentos pestañeaban y apartaban la mirada unos segundos, pero acabaron fijamente clavada sin apartarlos. A él le parecía que conocía todo sbre la mujer, como vivía, en qué se ocupaba, lo que sentía, y al mismo tiempo, notaba qe a ella le ocurría igual, sabía de su trabajo, de sus problemas, de sus sueños, de sus fantasías más ocultas.

Y así, notándose cada vez más unidos, el trayecto continuaba. Se sentían los dos sólos, sin nadie a su alrededor, sin oir nada, casi sin ver. De repente, el hombre observó como ella se levantaba precipitadamente, se acercó a él y cando quiso levantarse también, ella le puso la mano en el hombro, nego con la cabeza y, acercando su boca a la suya, depositó un suave y apenas perceptible beso en sus labios, se irguió y en el instante en el que se detenía el convoy, sonrió y le dijo: "que tengas un buen día". Y el hombre permaneció sentado y desconcertado.