lunes, 22 de septiembre de 2008

La Dama Blanca

[por Naide]

LA DAMA BLANCA

–¡Despierta, despierta, papá!
–¿Eh?
–Mamá se ha ido mientras dormías...
–¿Quién?
–Lloraba y me abrazaba fuerte... y me hizo prometer que no te diría nada hasta que hubiese amanecido.
–Yo... hoy es mi cumpleaños..., ¿no?
–Lo fue ayer.
–Es verdad, cumplí los dieciséis.
–No papá, ya tienes cuarenta y cuatro...
–Imposible, anoche yo... ¡Un momento!, había una mujer... Una sola vez, me dijo, pero..., ¿quién era? Ni siquiera recuerdo... su nombre.
–¿De qué estás hablando?, ¿qué te pasa, papá?

No sé quién es esta niña que se refiere a mí como si yo fuese su padre. Y mis fuertes brazos y manos me confunden aún más...

Triste, que inmensamente triste puede llegar a ser la soledad que se encuentra dentro, en el alma... No sé por qué me siento tan mal, ni por qué me he despertado notando este vacío que no puedo explicar ni tocar... sin embargo, sé que está en mi interior pero..., todo esto no debería ser así, yo soy muy joven todavía; ayer celebré mi dieciséis cumpleaños, claro que sí, lo recuerdo muy bien.

Eran las cinco de la tarde cuando, por fin, terminábamos de comer en la casa de campo de mi tía Mari. Yo dejé apresuradamente mis cubiertos sobre la mesa, y sin ayudar a recoger, corrí escalera arriba hasta mi habitación... Recuerdo que cuando empecé a ascender por aquellos peldaños, pude ver como la luz del sol entraba con fuerza por la ventana del descansillo de la primera planta... Claro, pensé yo, es el mes de julio y su luminosidad es muy intensa, y además, al estar en el campo, no hay edificios cercanos que la limiten. Sin embargo, y por alguna razón, yo sabía que aquello no debería de ser así, porque ayer la madera de los escalones, de las paredes, del techo y de los muebles brillaba de forma muy especial; gracias a la viva luz que entraba a través de las bordadas cortinas blancas de las ventanas y que, a su vez, daba una cálida y agradable sensación de claridad. Incluso, aquel descansillo y toda la planta de arriba, quedaron iluminados por bonitos reflejos rojizos, debido a los mil tonos que de este color que se formaron... No perecía real.

Más tarde, los amigos nos fuimos reuniendo poco a poco, y sobre las once de la noche, ya estábamos celebrando mi fiesta de cumpleaños alrededor de una hoguera. Nos encontrábamos en un pequeño sector de terreno árido y llano, que los padres de mi amigo Juanjo poseen entre los abundantes manzanales de su enorme finca. Entre chicos y chicas éramos casi treinta, pero aquel número tan grande, aunque me ilusionaba, no era lo que más me llenaba anoche. Para mí, era Irene quien hacía que todo fuera tan especial; siempre ha sido así desde que viene al pueblo todos los veranos durante sus vacaciones. La conozco desde niño, y como no, el tiempo se detiene cada vez que estoy a su lado pero..., eso no fue lo que pasó ayer...

La noche era de brillante luna llena, y por alguna razón que yo parecía percibir, aquel color nacarado lunar, me trasladaba al mundo casi utópico que el sol me había mostrado por la tarde...

La música que nosotros habíamos llevado no cesaba ni un momento... Y mientras aquellas melodías resonaban, entre los lejanos ecos que ellas mismas producían, yo buscaba los ojos negros de Irene una y otra vez; esperando que me dedicasen una de aquellas miradas de complicidad que ellos, y sólo ellos, eran capaces de regalarme... ¿Dónde estarán ahora?
–Irene quiere hablar contigo –me susurró Juanjo, poco antes del amanecer, mientras la señalaba al otro lado de la hoguera.

La miré y vi que me sonreía tímidamente. Empecé a caminar hacia ella, pero de pronto algo ocurrió, algo que no tenía que ocurrir... Recuerdo, que antes de llegar a donde estaba Irene, se cruzó delante de mí otra mujer que andaba descalza... Ésta vestía, hasta sus rodillas, con un terso y fino vestido blanco, que sin ajustarse demasiado, marcaba su delgada figura, y al no llevar mangas, dejaba ver sus rectos y bonitos brazos. Ella ni siquiera me miró, y continuó caminando alejándose de la hoguera... No la pude ver el rostro, pues su lisa melena negra y su caminar con la cabeza baja, me lo impidieron. No la conocía, ni creo que nadie de los que allí se encontraban la conociesen pero, me vi atrapado por una poderosa atracción y la seguí...

Tras de mí, escuchaba las voces de Irene y de los demás, que me llamaban... Parecían alterados y trataban de decirme algo; sin embargo yo, lo único que escuchaba eran sonidos apagados que pronunciaban mi nombre..., hasta que poco después, y ya perdido entre los manzanos, dejé de oírlos...

Apenas había andado unos segundos, en la soledad de mi silencio, cuando la vi de nuevo... Estaba tras uno de aquellos verdes manzanos y de espaldas a mí, con su mirada puesta en la luna llena. Me acerqué a ella muy sigilosamente mientras trataba de ver su cara, pero justo antes de ponerme a su costado, me habló:
–¿Por qué has venido?
–Tenía que hacerlo –contesté.
–Ningún hombre lo había hecho antes...

Di otro paso y me puse a su lado izquierdo, y cuando me disponía a dar el siguiente, me dijo:
–Cierra tus ojos y ábrelos cuando te diga, porque únicamente podrás ver mi rostro una sola vez...

Bajé mis parpados y extendí mi brazo hacia la mujer. Ella con su mano izquierda cogió mi derecha lentamente; rodeándola con sus finos dedos. Éstos eran muy suaves y delicados; como si fueran a dañarse si no eran tratados con ternura... Poco a poco, fue guiándome hasta situarme frente a ella, y por el sonido de su voz al hablarme, supe que apenas unos centímetros nos separaban...
–Recuerda: únicamente podrás ver mi rostro una sola vez... –me repitió.

Antes de abrir mis ojos traté de imaginarla por unos instantes, pero no me fue posible, pues ningún estímulo suyo llegaba a mí: ni olor a perfume, ni ruido de respiración, ni calor de su cuerpo... Y de no haber sido por sus delicados dedos sobre mi mano, hubiera tenido la sensación de encontrarme solo bajo aquel manzano iluminado por la luna llena...

De pronto, empecé a notar que ella se desvanecía ante mí; pues sentí que disminuía paulatinamente el tacto de su mano... Entonces comprendí que si esperaba unos segundos más, la perdería.
–El tiempo se me acaba, y marcharé de nuevo por muchos años... –me susurró.
–Eso no ocurrirá. –contesté mientras abría mis ojos...

Tenía la cara pequeña y blanca como las nubes altas del verano. Sus labios y nariz quedaban difuminados por la albura su tez, era, como si estuvieran pintados sobre el boceto de carboncillo de un artista. Y en las dilatadas pupilas de sus ojos, se veía claramente la imagen de la luna llena...

Eso es lo único que recuerdo de anoche, y ahora, me despierto siendo un hombre maduro y sin saber que me ha pasado durante los últimos... veintiocho años. A mi lado hay una niña, de unos nueve, con los ojos claros y... ¿eh?, el pelo tan negro como la oscuridad de la noche...
–Papá, levántate y vamos a buscar a mamá.
–No la encontraremos.
–¿Por qué?
–Porque será ella quien nos... te encuentre a ti.

Ahora lo entiendo todo. Sé que no tenía que haber ocurrido e incluso que pude haberlo evitado pero, me dejé llevar por su seductor influjo y la entregué la vida que durante tanto tiempo ella ha anhelado... Jamás volveré a verla, y ya nunca podré recordar ni un instante de estos últimos veintiocho años..., se los llevó consigo.
–¡Papá, papá!
–¿Qué?.
–¿Cuándo dices que vendrá a buscarme mamá?
–Dentro de mucho, mucho tiempo...
–¿Cómo sabrá donde encontrarme?
–Porque estés donde estés, nunca podrás ocultarte de la luna llena, y cuando menos te lo esperes, verás a tu madre llegar desde ella.
–¿Y tú cómo lo sabes?
–Lo sé, porque todo lo que queda de mí o de lo que he sido durante estos veintiocho años, vive en ella ahora...





Jaime
Los relatos de Naide