jueves, 11 de septiembre de 2008

Carta XXII

[Por 1452]

Carta XXII


Hace tanto tiempo que no te escribo... Es curioso cómo suceden algunas cosas; hoy llevo pensando todo el día en ti, a raíz de un texto que escribió un desconocido; hablaba sobre los maestros. Y eso fuiste tú para mí.

Las redes de la vida, que son extensas y la mayoría de veces ocultas a nuestros ojos, se encargaron de que una persona, casi desconocida para mí, me llevara ante tu presencia. Por aquel entonces pensaba que nada tendrías que enseñarme, como piensan todos los aprendices cuando su maestro tiene una apariencia normal y no saca conejos de una chistera, sin embargo, ahí radicaba tu grandeza: eras un tipo especial y grandioso, con un envoltorio de persona normal que te ha ayudado a sobrevivir durante todos estos años, sin tener que sufrir quemas de brujos.

Desconfié, porque soy por naturaleza desconfiada, pero supiste en poco tiempo ganarte toda mi confianza y mi afecto. No era ya sólo todo lo que me enseñabas acerca de la particular materia que tenía que aprender, es que me enseñaste a analizar la vida, desde la más pequeña mota de polvo hasta las constelaciones.

Me enseñaste por qué nunca sería una ganadora, y estabas en lo cierto, supiste ver que quien jugaba en mi contra era yo misma, y ganarme es difícil… me enseñaste tantas cosas.

Pero no era yo sola, a tu lado las personas bajaban las defensas por completo y se entregaban a tus palabras, cada persona era ella misma a tu lado, sin juicios, sin reproches, sin nada que coartara la libre expresión del alma.

Tenías algo indescriptible, que pasaba desapercibido todos los días ante decenas de estudiantes, que acudían a tus clases normales, sin siquiera llegar a imaginar que también eras profesor de materias vedadas a muchos y ocultas bajo un velo negro.

Y lo más grande que había en ti, era que nunca adoptaste, ni una sola vez, la posición de maestro, eras un aprendiz, de la mano de otra aprendiz.

Recuerdo algunas de tus últimas palabras, maestro, y una vez más, me tienes aquí, meses, muchos meses después de que nos encontráramos en aquel café y las pronunciaras, inclinando mi cabeza y dándote la razón: carezco de una virtud ante las que palidecerían todas las demás virtudes, y que haría que el mundo girara en mi mano, pero soy incapaz de adquirirla por más que me lo propongo.

La mayoría de veces por mí, otras tantas por el mundo que me rodea, lo cierto es que entre unas cosas y otras, sigo huérfana de lo que tanta falta me hace y soy incapaz del alcanzar.

Sin embargo, tú viste en mí las marcas del alma que el cuerpo acoge, y que últimamente está revelando de forma aterradora, aunque imperceptible para los demás, de la misma manera que las vieron otros maestros que me encontré en el camino: sí, estoy maldita, pero el universo me acuna y conspira conmigo para ayudarme. ¿Qué mejores brazos pueden rodear a una vagabunda que los brazos del mundo que la acoge? Ésa es la única esperanza que alimenta mi corazón en estos últimos tiempos. Todo llega a su hora, todo ocupa su sitio, quien abre los ojos del alma, ve; quien cierra los ojos y abre el corazón, escucha.

Te echo de menos, a veces no sabes cuánto, me acostumbré demasiado a tu persona, que sabía mirar con el alma, y ahora me encuentro rodeada de personas que tan sólo saben mirar con los ojos, ciegos a todo lo importante.

Nunca quisiste darme la razón, no sé si porque no la tenía o porque te resistías a creer que fuera cierto, pero cada vez me siento menos de este mundo, cada día estoy más hastiada de esta realidad que no es realidad de nada, y sobre todo estoy cansada de hacerme juicios que pierdo siempre, porque soy yo quien me sentencia.

Tú sabrías darle a esto la importancia justa, no te habría faltado ese equilibrio especial tuyo, yo no puedo. Mi brújula gira ciega y carente de dirección.

Ahora sólo espero estar preparada para el nuevo maestro que anuncia su llegada, y que tiene una dura lección que enseñarme, aunque no sé si seré capaz de enfrentarme a ella. No, no te creas que me he vuelto cobarde de repente, siempre lo he sido, en concreto para algunas cosas que son vitales, a las que no me he enfrentado hasta ahora y no me han dejado crecer, pero llega el día prometido, y tengo que acudir a la cita o condenarme para siempre. Y que conste que la condenación eterna suena muy lírica para una maldita, pero también suena demasiado larga.

¿Sabes? Hoy he buscado aquella piedra que me regalaste con forma de corazón y la he puesto sobre mi escritorio, sé que de alguna manera eso me hará estar conectada a ti, durante el tiempo que aún me queda para llamarte. Sí, te llamaré, pero cuando haya superado esta crisis y pueda mirar a mi maestro a los ojos, y él pueda estar orgulloso de su aprendiz y del trabajo realizado en este tiempo. Hace más de un año que no nos vemos, no creerías todo lo que he hecho hasta hoy al amparo del secretismo. Incluso me encontré con otro maestro en este tiempo, que me dio unas clases magistrales, tanto, que en poco tiempo me enseñó más de lo que algunos llegan a conocer durante toda su vida, acerca del cielo y las estrellas. Y aun eso, sólo es la mitad de lo que el cielo tiene que revelar.

Como tú me dijiste: “Como es arriba es abajo”. Ésa fue una de tus primeras lecciones, extraída de un libro que en breve voy a releer, para acordarme de él, para acordarme de ti.

Y era verdad, como es arriba es abajo… mis estrellas andan colisionando contra planetas enfurecidos. Imagínate lo que sucede abajo.

Me gustaría que estuvieras aquí y cogieras mis manos como entonces, y me hicieras sonreír con cualquier ocurrencia de las tuyas. Me gustaría volver a escaparme en las horas de trabajo y sentarme contigo en cualquier cafetería, con un buen café entre las manos y tu mirada escrutadora, inteligente, serena.

Te quiero, maestro, estés donde estés, espero que un pequeño soplo de aire despeine tu pelo y captes el mensaje. Siento no haber sido mejor alumna, una alumna digna de un gran maestro.

Si no nos encontramos abajo, nos encontraremos arriba.