domingo, 3 de enero de 2010

453 cartas de amor



En el último cajón de mi cómoda, al fondo, encerradas con llave, hay cuatrocientas cincuenta y tres cartas de mujer. Son cartas de amor, dirigidas a mí, todas de la misma mujer, de una mujer a la que ya no amo desde hace mucho tiempo, a la que no he visto más, que no sé donde está.
Son cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor; son todo lo que queda de un gran amor.Ese cajón lleno de cartas me turba. Yo no soy un sentimental. Soy muy frío: más observador que apasionado.
De esas cartas, cenizas de un fuego, he hecho un estudio. Todo puede ser objeto científico. Quiero librarme de ellas de esta manera. Si las destruyera permanecerían allí como un vano lamento de mi corazón vacío.
Ante todo he empezado numerándolas una a una. Son cuatrocientos cincuenta y tres, ni una más, ni una menos, de eso estoy seguro. Las he puesto por orden cronológico: van de 1903 a 1906.
Las he atado en paquetes, mes por mes: enero 1903, cuatro; febrero 1903, diez; marzo 1903, treinta y dos, y así sucesivamente. Crecen, crecen; a medida que pasan los meses, los paquetes son cada vez mayores. El máximo es el del mes de junio de 1904: cincuenta y siete cartas.
Pero con 1905 los paquetes adelgazan y llegamos al mes de octubre de 1906: una sola, la última, ¡si Dios quiere!Las he pesado también (porque las cartas más espirituales y líricas tienen, según los empleados de correos, su peso), las he pesado cuidadosamente unas cuantas a la vez; son en total 6740 gramos; más de seis kilos y medio, casi siete kilos. Es un peso discreto para un amor, y si tuviera que llevarlo en un saco todo junto, no haría mucho bulto.
He contado, también, una a una, las páginas. El número de las páginas es espantoso: las mujeres escriben con una facilidad de la que no tenemos idea. Para ellas, las palabras, tanto habladas como escritas, no son monedas sagradas, sino céntimos que se pueden gastar a todas horas con la más byroniana prodigalidad. Es verdad que esta mujer tenía una escritura muy grande y dejaba mucho espacio entre líneas, pero, a pesar de todo, no puedo convencerme que en sólo cuatrocientos cincuenta y tres cartas haya podido escribir tres mil doscientas noventa páginas.
Ninguna carta tiene menos de cuatro páginas y hay bastantes de ocho, de diez , de doce, e incluso de dieciséis. Las cuentas salen, pero el asombro sigue siendo grande igualmente.
Pienso que si hubiera tenido que escribir todas esas páginas seguidas -esas tres mil doscientas noventa páginas-, aunque hubiera podido escribir diez por hora, habría invertido trescientas veintidós horas, es decir, trece días y trece noches seguidas, sin descansar nunca.
Creo que su amor, aunque es grandísimo, no hubiese resistido semejante prueba.No he tenido la paciencia, ni el tiempo, de contar las palabras y sílabas, pero mis investigaciones no se han detenido aquí. He observado, por ejemplo, con cierto interés, que los tipos de papel y de los sobres son cuatro. Algunas cartas están en papel hecho a mano, gordo y pesado, de color amarillo marfil viejo; otras, en papel pergamino, con sobres largos y bajos; otras, en feísimo papel comercial blanco, pobre y filamentoso.
Pero la mayoría está en un papel ligero, a la inglesa, encerradas en aquellos sobres azul oscuro impresos por dentro con trazos grises y negros para que no se puedan leer las palabras desde afuera.
Tampoco he olvidado el lado cómico de mi epistolario. Todo ese papel ha sido fabricado, vendido al por mayor y luego revendido al detalle. Según mis cálculos, que creo bastante exactos, porque también yo he probado varios tipos de papel de cartas, considero que el costo total del papel asciende a unas diecinueve liras y algunos céntimos.
No es una suma despreciable para quién no sea muy rico. Con diecinueve liras se pueden hacer muchas cosas, sin comprar papel de cartas. Entran, por lo menos, cinco novelas francesas de tres cincuenta cada una.Pero el gasto de papel es lo de menos. Cada una de estas cartas tiene un sello. De estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas, hay ciento doce que vienen de ciudades lejanas y trescientas cuarenta y una que vienen de la misma ciudad donde vivo yo.
Se trata, pues, de ciento doce sellos de quince céntimos, que equivalen a dieciséis liras con ochenta céntimos, y de trescientos cuarenta y un sellos de un céntimo, que importan diecisiete liras con cinco céntimos. Sumándolo todo, papel y sellos, se ve que el gasto obtenido por aquella pobre mujer enamorada es de unas cincuenta y dos liras. Pero ¿dónde dejamos la tinta?
Para escribir tres mil doscientas noventa páginas se necesitan, por lo menos, cuatro botellas de tinta. Pongamos que cada botella valga solamente sesenta céntimos, y el gasto total asciende a casi cincuenta y cinco liras. Yo creo, en efecto, que el gasto vivo, en dinero, de este amor ha sido, para mi corresponsal, un poco superior a las cincuenta y cinco liras, y juraría que no puede haber llegado a sesenta. Su valor actual es indudablemente bastante menos, casi nulo.
El papel escrito no es muy buscado y hay quien lo paga apenas a dos céntimos el kilo. De todo el episodio yo no sacaría más de sesenta y cinco céntimos como máximo. Está claro que no vale la pena desprenderse de un recuerdo tan poético por tan poco.
Sin embargo, hay algo más -tanto para un historiador como para un poeta- en estas cartas de lo que había cuando eran simples cajas de papeles en la tienda del papelero. Hay todas las palabras escritas, hay toda la pasión de tres años, hay una cantidad enorme de imágenes, de adjetivos y de besos: hay, en suma, para abreviar, un poco de la vida profunda de un hombre y de una mujer.
¡Y todo eso ya no vale nada!Siento que soy inmensamente idiota con todos estos cálculos y esas reflexiones. Yo estoy hecho así. No soy un sentimental. Soy un observador de las cosas.
Cuando veo un muerto, pienso en cuánto habrán gastado los parientes en todas aquellas medicinas que no lo han podido salvar, y cuando una madre llora, busco adivinar cuantos decilitros de lágrimas verterá en una jornada, comprendida la noche.
¿Qué quieren? Yo estoy hecho así: no soy un sentimental.Y estas cuatrocientas cincuenta y tres cartas de amor, encerradas con llave en el último cajón de mi cómoda, me fastidian un poco.
No quisiera tenerlas y no quisiera quemarlas. Y he hecho todo lo que he podido para sacármelas del alma. Lo he contado y calculado todo y, sin embargo, hay algo en el fondo de mi corazón que muge y gime y no está satisfecho. Pero no hago caso. Yo no soy un sentimental.

453 cartas de amor, de Giovanni Papini

Mis amigos


Me gusta pasear por la orilla del Sena. Los diques, las dársenas, las esclusas me hacen soñar en algún puerto lejano en el que me gustaría vivir. Veo, en mi imaginación, muchachas y marineros bailando, pequeñas banderas, barcos inmóviles con los mástiles sin velas.
Estos sueños no duran mucho.
Los muelles de París me son demasiado familiares: sólo se parecen durante un instante a las brumosas ciudades de mis sueños.
Una tarde de marzo, me paseaba por los muelles.
Eran las cinco. El viento me levantaba el abrigo como si fuera una falda y me obligaba a cogerme el sombrero. De cuando en cuando, las ventanas acristaladas de un bateau-mouche pasaban sobre el agua, más rápido que la corriente. La corteza mojada de los árboles brillaba. Se veía, sin necesidad de girar la cabeza, la torre de la estación de Lyon, con sus relojes ya iluminados. Cuando el viento cesaba, el aire olía a arroyo seco.
La chimenea de los remolques caía hacia atrás antes de llegar a los puentes. Cables tendidos unían gabarras habitadas en el centro del río. Una larga tabla iba desde una chalana hasta tierra.
El obrero, que pasaba por encima, rebotaba a cada paso, como si caminara sobre un somier.
No tenía intención de matarme, pero inspirar compasión a menudo me gusta. En cuanto un paseante se aproximaba, ocultaba el rostro entre las manos y aspiraba por la nariz como cuando uno ha llorado. La gente, mientras se alejaba, volvía la cabeza.
La semana anterior, en un arrebato de fingida sinceridad, faltó poco para que me arrojase al agua.
Mis amigos, de Emmanuel Bove

sábado, 2 de enero de 2010

Nos vimos por casualidad.

Entonces, me invitaste a sentarme a tu lado.
Obedecí.
Empezaste a hablar de una forma extraña, como si sólo lo hicieras contigo mismo, pero en voz alta.
Me dijiste que dedicaste mucho tiempo de tu vida a soñar con un recuerdo.
Y entonces, en el momento en que te miré a los ojos comprendí lo que significa un recuerdo

Semblanza

Querida desconocida:


Hace ya mucho tiempo que te escribí la primera carta, tanto que no recuerdo la fecha concreta. Desde entonces la correspondencia ha ido creciendo, y en diversas ocasiones me ha parecido encontrarte; unas veces en persona, aunque no hayamos cruzado ni una palabra; otras, en conversaciones mantenidas con alguien que no conocía y luego no he vuelto a ver; y la mayoría de las veces en mis sueños, que en algunos casos he compartido con otra persona.


Pero nunca eras tu realmente, no puedo explicar como lo sabía pero de pronto tenía claro que no eras quien yo creía. Ahora es distinto, se que existes realmente, y además, se ha establecido una conexión entre ambos que no se puede explicar racionalmente, pero ambos percibimos nuestros estados de ánimo, las sensaciones que tenemos en cada instante… Y todo ello, sin esperar nada a cambio, sencillamente sabiendo que estás ahí.


Tu recuerdo me ha acompañado por los lugares más diversos, las playas gaditanas, el bullicioso Maniatan, el Sant Jordi barcelonés, la medina de Tetuán, mi querido Camden londinense; y no sólo en los viajes sino también en diferentes situaciones, momentos alegres, bajones de ánimo, estados de salud precaria etc.


La verdad es que ya formas parte de mi vida en la que ocupas un lugar destacado.

Libro del desasosiego


CARTA

Ojala pudieras tú comprender tu deber de ser meramente el sueño de un soñador. De ser apenas el incensario de la catedral de los devaneos. De esculpir tus gestos como sueños, para que fueran sólo ventanas abiertas a paisajes nuevos de tu alma.
De tal modo construir tu cuerpo en remedos de sueño que no fuera posible verte sin pensar en otra cosa, que lo recordaras todo menos a ti misma, que verte fuera como oír música y atravesar, sonámbulo, grandes paisajes de lagos muertos, vagas florestas silenciosas pedidas en el fondo de otras épocas, donde invisibles parejas diferentes viven sentimientos que nosotros tenemos.

Yo no te querría para nada salvo para no tenerte. Querría que, soñando yo, apareciendo tú, pudiera imaginarme todavía soñando- tal vez ni siquiera viéndote, pero quizás reparando que la luz de la luna había inundado de los lagos muertos y que ecos de canciones ondeaban súbitamente en la gran floresta no explícita, perdida en épocas imposibles.
Mi visión de ti sería el lecho donde mi alma se adormeciera, niña enferma, para soñar otra vez con otro cielo.

¿Hablarías? Sí, pero que oírte fuera no oírte sino ver grandes puentes a la luz de de la luna unir las dos orillas oscuras del río que van a dar al anciano mar donde las carabelas son nuestras para siempre.

¿Sonríes? Yo no sabía nada de eso, pero mis cielos interiores estaban poblados de estrellas. Me llamas durmiendo. Yo no reparaba en eso, pero en el barco lejano cuya vela de sueño navegaba a la luz de la luna, veo marinas remotas.

Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa

viernes, 1 de enero de 2010

Lo nuestro





Terminará.

Y cada uno de nosotros encontrará un nuevo camino.

Nuevos brazos que nos cubran cuando estemos necesitados.

Nuevos labios que sacien nuestra sed.

Nueva música que aprender a escuchar.

Pero hay cosas que por mucho tiempo que transcurra, por miles de kilometros que nos separen no volveremos a encontrar en otra persona.

Tonos de voz, palabras encontradas, letras descifradas.

Susurros compartidos.

Diarios 1984-1989



1 de enero

A las siete y media los enfermos del hospital ya están en las habitaciones con las luces apagadas, esperando el sueño narcótico que unas veces llega y otra se resiste.
Los enfermeros me saludan con un amable Happy New Year que se me antoja repugnante, como una broma de extremo mal gusto: ¿qué podría ser happy en este lugar, para mí y para L.? Al lado de su cama, la veo plácidamente dormida, pero esta calma, esta paz que irradia, ya no es el sosiego de la vida, sino una realidad ajena que se perfila entre la vida y la muerte. Hoy no ha tomado más que una cuarta parte de su comida. A veces bebe, todavía es capaz de tragar.

Año Nuevo. Nuestros días tocan a su fín. A ella le quedan tal vez unas semanas, pero no serán ya de vida, sino de esta existencia apagada, inconsciente. Para mí este año significa el final, por más que logre sobrevivir a él. No me siento con fuerzas para morir ni para seguir viviendo. En esta existencia apagada, todo lo que me ha sido dado a lo largo de los años se me antoja absurdo, casi grotesco.

Diarios 1984-1989, de Sándor Márai