Colección de cartas reales y ficticias para disfrutar del simple placer de leer y escribir.
domingo, 3 de enero de 2010
453 cartas de amor
Mis amigos
Estos sueños no duran mucho.
Los muelles de París me son demasiado familiares: sólo se parecen durante un instante a las brumosas ciudades de mis sueños.
Una tarde de marzo, me paseaba por los muelles.
Eran las cinco. El viento me levantaba el abrigo como si fuera una falda y me obligaba a cogerme el sombrero. De cuando en cuando, las ventanas acristaladas de un bateau-mouche pasaban sobre el agua, más rápido que la corriente. La corteza mojada de los árboles brillaba. Se veía, sin necesidad de girar la cabeza, la torre de la estación de Lyon, con sus relojes ya iluminados. Cuando el viento cesaba, el aire olía a arroyo seco.
La chimenea de los remolques caía hacia atrás antes de llegar a los puentes. Cables tendidos unían gabarras habitadas en el centro del río. Una larga tabla iba desde una chalana hasta tierra.
El obrero, que pasaba por encima, rebotaba a cada paso, como si caminara sobre un somier.
No tenía intención de matarme, pero inspirar compasión a menudo me gusta. En cuanto un paseante se aproximaba, ocultaba el rostro entre las manos y aspiraba por la nariz como cuando uno ha llorado. La gente, mientras se alejaba, volvía la cabeza.
La semana anterior, en un arrebato de fingida sinceridad, faltó poco para que me arrojase al agua.
sábado, 2 de enero de 2010
Nos vimos por casualidad.
Semblanza
Querida desconocida:
Hace ya mucho tiempo que te escribí la primera carta, tanto que no recuerdo la fecha concreta. Desde entonces la correspondencia ha ido creciendo, y en diversas ocasiones me ha parecido encontrarte; unas veces en persona, aunque no hayamos cruzado ni una palabra; otras, en conversaciones mantenidas con alguien que no conocía y luego no he vuelto a ver; y la mayoría de las veces en mis sueños, que en algunos casos he compartido con otra persona.
Pero nunca eras tu realmente, no puedo explicar como lo sabía pero de pronto tenía claro que no eras quien yo creía. Ahora es distinto, se que existes realmente, y además, se ha establecido una conexión entre ambos que no se puede explicar racionalmente, pero ambos percibimos nuestros estados de ánimo, las sensaciones que tenemos en cada instante… Y todo ello, sin esperar nada a cambio, sencillamente sabiendo que estás ahí.
Tu recuerdo me ha acompañado por los lugares más diversos, las playas gaditanas, el bullicioso Maniatan, el Sant Jordi barcelonés, la medina de Tetuán, mi querido Camden londinense; y no sólo en los viajes sino también en diferentes situaciones, momentos alegres, bajones de ánimo, estados de salud precaria etc.
La verdad es que ya formas parte de mi vida en la que ocupas un lugar destacado.
Libro del desasosiego
Ojala pudieras tú comprender tu deber de ser meramente el sueño de un soñador. De ser apenas el incensario de la catedral de los devaneos. De esculpir tus gestos como sueños, para que fueran sólo ventanas abiertas a paisajes nuevos de tu alma.
Yo no te querría para nada salvo para no tenerte. Querría que, soñando yo, apareciendo tú, pudiera imaginarme todavía soñando- tal vez ni siquiera viéndote, pero quizás reparando que la luz de la luna había inundado de los lagos muertos y que ecos de canciones ondeaban súbitamente en la gran floresta no explícita, perdida en épocas imposibles.
Mi visión de ti sería el lecho donde mi alma se adormeciera, niña enferma, para soñar otra vez con otro cielo.
¿Hablarías? Sí, pero que oírte fuera no oírte sino ver grandes puentes a la luz de de la luna unir las dos orillas oscuras del río que van a dar al anciano mar donde las carabelas son nuestras para siempre.
¿Sonríes? Yo no sabía nada de eso, pero mis cielos interiores estaban poblados de estrellas. Me llamas durmiendo. Yo no reparaba en eso, pero en el barco lejano cuya vela de sueño navegaba a la luz de la luna, veo marinas remotas.
Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa
viernes, 1 de enero de 2010
Lo nuestro
Diarios 1984-1989
1 de enero
A las siete y media los enfermos del hospital ya están en las habitaciones con las luces apagadas, esperando el sueño narcótico que unas veces llega y otra se resiste.
Año Nuevo. Nuestros días tocan a su fín. A ella le quedan tal vez unas semanas, pero no serán ya de vida, sino de esta existencia apagada, inconsciente. Para mí este año significa el final, por más que logre sobrevivir a él. No me siento con fuerzas para morir ni para seguir viviendo. En esta existencia apagada, todo lo que me ha sido dado a lo largo de los años se me antoja absurdo, casi grotesco.
Diarios 1984-1989, de Sándor Márai