martes, 2 de diciembre de 2008

Carta XXX

[Por 1452]

Carta XXX

“Voy a quererte tanto que va a faltarte vida”, me dijo un día de otoño, y yo le creí.

No le creí por las palabras escogidas que, aunque bellas, podían ser huecas si no las acompañaba una determinación, no, yo le creí porque sus ojos no podían mentirme. Eran viejos compañeros de mi rostro y de mi cuerpo, aunque era sólo la tercera vez que me miraban.

Le creí porque él no podía luchar contra el universo.

Le creí porque él estaba escrito en las líneas de mis manos.

Le creí porque sabía leer en su alma. No sé quién me enseñó a descifrarle, pero lo sabía hacer… y todas sus palabras, todos sus silencios, todos sus destierros, todos sus caminos giraban en torno a la piedra azulada que descansaba en mi mano.

Y él tuvo razón, iba a faltarme vida, iba a quererme tanto que iba a faltarme vida.

La vida me faltó cuando él dejó de respirar varios años después.

Mi corazón se negó a caminar deprisa de nuevo, y tan sólo podía dar pasos pequeños y calmados para mantenerme con vida, que no viva.

Mi pulso se redujo hasta casi desaparecer por completo, pero se negaba a abandonarme del todo por más que yo se lo pedía.

Mi luna perdió sus cuatro fases y desde entonces ya sólo tuve una, cuarto menguante siempre.

***

Esta mañana pensé en acercarme a él cuando detecté que sucedía algo que le estaba turbando, pero me faltó valor, porque ésta sería la segunda vez que él me miraría y sabía que cuando llegara la tercera me diría:

-Voy a quererte tanto que va a faltarte vida.

Y yo sabía de antemano que me iba a faltar.