viernes, 17 de octubre de 2008

Con los cinco sentidos

[por Gaviero]

La jornada de hoy había sido excesivamente cansada, toda la mañana de reuniones de trabajo discutiendo con los bancos, los abogados y los directivos de la empresa que mi compañía iba a absorber; afortunadamente conseguí librarme de la cena con la que pretendían halagarme y estaba sentado en una terraza tomando un café reflexionando sobre los hechos del día y prácticamente sin prestar atención a nada.

De repente tuve la sensación de estar siendo observado, alce los ojos y descubrí en otra mesa casi enfrente de la mía a una mujer que me miraba fijamente. No pude por menos de quedármela yo también mirando, era morena, con el pelo relativamente corto y rizado, no era una gran belleza pero su rostro tenía un aire risueño, con facciones relajadas y el apunte de dos hoyuelos en las mejillas, sus ojos eran oscuros y grandes, marrones, casi negros y cargados de una viveza chispeante que acentuaban la sensación de simpatía que toda su cara reflejaba.

Nos quedamos un rato, que me pareció toda una eternidad, con los ojos clavados uno en el otro hasta que esbozando una amplia sonrisa se levantó y se acercó a mi mesa: “hola, soy Gabriela”, me dijo, “¿te importa que me siente?, añadió. Yo, un poco turbado, me levanté rápidamente y separé una silla mientras respondía: “por favor, siéntate… “. Antes de que pudiera darme cuenta ya había tomado asiento y empezado a hablarme, “te he visto y me ha parecido que te conocía de siempre….”, su voz me tenía embelesado, “…. se que no es así pero me pareces tan próximo a mi….”, seguía percibiendo sus palabras pero no lograba entenderlas, “por cierto, no se aún tu nombre”, “….. Luís, me llamó Luís” apenas logré decir. Y de esta manera, a la impresión de su visión se añadió ahora el placer de oír sus palabras.

Medio repuesto de la impresión pude seguir la conversación, hablamos de casi todo, de la vida cotidiana, de nuestros trabajos, de nuestras ilusiones, de nosotros. En un determinado momento, al prorrumpir en una risa que me sonó maravillosa, Gabriela movió bruscamente su cabeza y una vaharada de su perfume inundó mis fosas nasales. Su olor, su aroma, algo impactante penetró hasta mí, no era sólo el perfume que llevará, olía toda ella, una nueva sensación recorrió todo mi cuerpo alterándome, a la vista y el oído se unió ahora el olfato.

Ella se dio cuenta y sonriéndome puso su mano sobre la mía; noté como una descarga eléctrica y no dude en corresponder y cogernos ya de la mano. Jugueteamos con nuestros dedos como dos chiquillos y recordé la primera mano de una niña que estreche.

“Te has dado cuenta que hemos disfrutado de todos nuestros sentidos en un breve espacio de tiempo”, dije; Gabriela volvió a sonreír y, muy bajito, respondió “no, falta uno, el gusto”, y en una décima de segundo su boca se posó en la mía y pudimos saborear este último sentido en un húmedo, largo y apasionado beso.