Tras dos años contigo, en los que sólo vi por tus ojos y otros dos sin ti, en los que sólo miré a través de mi dolor, aquí me tienes: mía de nuevo.
El golpe que me asestaste fue inesperado, duro y traumático, pero para qué engañarnos a estas alturas de la vida, cuando lo que he vivido es aproximadamente lo mismo que me queda por vivir, yo colaboré en ello.
Me traicioné y me traicionaste.
Durante mucho tiempo me engañé, jurándome a mí misma que regresarías. Pero no lo hiciste. Hoy te lo agradezco.
Sé que durante algún tiempo, tú te engañaste pensando que yo me retractaría. Pero no lo hice. Espero que hoy me lo agradezcas.
Los dos fuimos afortunados a nuestra manera.
Lo que nos salvó, fue lo que nunca dijiste y lo que nunca confesé.
Amigos se convirtieron en enemigos, confidentes en carceleros, y me encontré sola en medio de todo el silencio. Reconozco que hicieron bien su trabajo a tus espaldas y en mi cara.
Eras un niño malcriado. Con cuarenta años, te pudieron los halagos, los secretos de riqueza susurrados y las promesas de aire.
Ya esto no tiene ninguna importancia. Tan sólo te recordé, y quise despedirme a mi modo, ya que entonces tuve que despedirme al tuyo.
Deseo que logres hacer aquel viaje del que me hablaste, lejos de todos y de todo, para encontrarte a ti. Lo deseo con todo mi corazón. Cuando te encuentres, conocerás al tipo que yo conocí hace ya cinco largos años: divertido, vital, luchador, positivo, carismático, emprendedor, inquieto… entonces quizás entenderás por qué luché contra todos por ti… incluso contra ti.

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