jueves, 1 de enero de 2009

El buen soldado

[por Madison]

Mi querida Stella:

Siempre he considerado esta obra como mi mejor libro…, al menos como mi mejor libro del período de la preguerra; y desde que la escribí hasta la aparición de mi novela siguiente debieron transcurrir casi diez años, de manera que todo lo que haya podido hacer desde entonces hay que considerarlo obra de un hombre diferente …obra de tu hombre. Porque no cabe duda de que, sin el incentivo para vivir que tú me ofreciste, difícilmente habría sobrevivido los años de la guerra, y aún cabe menos duda de que sin tu acicate para que volviera a escribir nunca lo habría hecho. Y sucede que, por una extraña casualidad, “El buen soldado” es casi el único de mis libros que no está dedicado a nadie: el destino debió de elegir que tuviera que esperar los diez años que ha esperado… para esta dedicatoria.

Lo que ahora soy te lo debo a ti: lo que era cuando escribí El Buen Soldado se lo debía a determinada concatenación de circunstancias de una vida bastante desprovista de objetivos y bastante caprichosa. Hasta que me puse a escribir este libro (el 17 de diciembre de 1913) nunca había tratado de ir a galope tendido, por usar una frase relacionada con la preparación de los caballos de carreras. En parte porque siempre había mantenido la idea de que- fuera cual fuese el caso de otros escritores- yo por lo menos no sería capaz de escribir, antes de llegar a los cuarenta, una novela que estuviera en condiciones de defender; en parte porque de manera muy precisa no deseaba compartir con otros autores cuyos derechos o cuya necesidad de prestigio y de lo que ese prestigio lleva consigo eran superiores a los míos. Nunca había tratado realmente de poner en ninguna de mis novelas todo lo que sabía acerca del arte de escribir. Había dado a luz de manera bastante inconexa cierto número de libros,( muchos), pero o pertenecían al género de los pastiches, y eran por tanto composiciones bastante preciosistas, o se trataba de tours de force. Pero siempre me ha obsesionado escribir…, la manera en que debe escribirse; ya incluso entonces por entonces, en parte solo y en parte en compañía de Conrad, había hecho exhaustivos sobre cómo manejar las palabras y sobre cómo construir novelas.

De manera que el día que cumplí los cuarenta me dispuse a demostrar lo que era capaz de hacer…, y el resultado fue “El buen soldado”. Yo estaba totalmente decidido a que fuese mi último libro. Pensaba entonces- y no estoy de que ahora no piense lo mismo-que un hombre le bastaba con escribir un libro, y, cuando terminé “El buen soldado”, al menos Londres posiblemente el mundo entero parecían dominados por nuevos escritores mucho más llamativos. Eran los apasionados días del cubismo literario, del futurismo y del imaginismo y de todo el resto de los alborotadores y bulliciosos “jeunes” de aquella década tan joven. De manera que yo me consideraba como la anguila que, después de llegar a alta mar, da a luz a sus crías y muere…, o creía, como el ALCA de gran tamaño, que después de haber llegado al sitio asignado y de poner mi único huevo, más me valía morirme. Me despedí oficialmente de la literatura en las columnas de una publicación titulada “The Thrust” que también, no siendo más que un alca pobre y pequeña, murió del esfuerzo. Después me dispuse a hacer me a un lado a favor de nuestros buenos amigos –tuyos- y míos- Ezra, Eliot, Wyndham Lewis, H.D., y el resto de los jóvenes y vociferantes escritores que llamaban a la puerta.

Pero otros clamores más intensos asaltaron Londres y el mundo que hasta ese momento parecía yacer ante los orgullosos pies de aquellos conquistadores; el cubismo, el futurismo, el imaginismo y los demás movimientos nunca tuvieron su oportunidad entre las voces de los cañones, así que yo he salido otra vez del agujero y junto a tus obras, fuertes, delicadas y hermosas, me he animado a colocar algunas obras mías.

El buen soldado, sin embargo, me sigue pareciendo mi huevo de alca por pertenecer a una raza que no tendrá sucesores y, como se trata de un libro escrito hace ya mucho tiempo, quizá no suponga un exceso de vanidad reflexionar sobre él durante unos instantes. Ningún autor, creo yo, es merecedor de que se le censure por vanidoso si, al bajar de la estantería uno de sus libros de hace diez años, exclama: Cielo santo, ¿es posible que yo escribiera tan bien por entonces?, porque la verdad implícita es siempre que uno ya no escribe tan bien, y pocos son tan envidiosos como para censurar los autoelogios de un volcán extinguido.

Sea como fuere, recientemente me he visto forzado a hacer un examen bastante minucioso de este libro para traducirlo al francés, lo que me ha obligado a estudiarlo con mucha mayor profundidad de la que hubiese requerido una simple lectura, por minuciosa que fuese. Y voy a atreverme a decir que me dejó asombrado el trabajo que tuve que poner en su construcción, en su intrincada maraña de alusiones y referencias recíprocas. Aunque tampoco hay que asombrarse por ello, ya que si bien escribí el libro con relativa rapidez, llevaba otra década completa incubándolo en mi interior. Fue así porque se trataba de una historia verdadera y porque me la contó el mismo Edward Ashburnham y no podía escribirla hasta que todos los demás hubiesen muerto. De manera que la fui llevando conmigo durante todos esos años, pensando en ella de vez en cuando.

Por entonces yo tenía una ambición: hacer por la novela inglesa lo que Maupassant había hecho por la francesa con “Fuerte como la muerte”. Un día tuve mi recompensa cuando, hallándome en un grupo, un joven y ferviente admirador mío exclamó: ¡No hay duda de que El buen soldado es la mejor novela en lengua inglesa!, ante lo que mi amigo John Rodker, que siempre ha sentido una admiración por mi obra adecuadamente matizada, replicó con su clara y lenta pronunciación: Cierto. Pero se ha olvidado usted de una palabra. ¡Es la mejor novela francesa en lengua inglesa!
Con eso-que mi tributo a mis maestros y a otros franceses cuya superioridad reconozco-dejo ya el libro en manos del lector. Pero antes me gustaría decir una palabra acerca del título. Originalmente yo llamé a este libro “La historia mas triste”, pero como no apareció hasta que se nos vinieron encima los más oscuros días de la guerra, el señor Lane me perseguía con cartas y telegramas-¡yo me dedicaba por entonces a otros quehaceres!-para que cambiara el título que, según decía, haría el libro invencible por aquellas fechas. Un día, cuando estaba en una revista de tropas, recibí un último telegrama suplicante del señor Lane, y como era con respuesta pagada, me apoderé del impreso para la contestación y escribí con precipitada ironía: Querido Lane, ¿por qué no El buen soldado?...Para consternación mía, el libro apareció seis meses mas tarde con ese título.

Nunca he dejado de lamentarlo, pero a partir del final de la guerra he recibido tantas pruebas de que el libro se ha leído con ese nombre que no me atrevo a cambiarlo por temor a causar confusión. Si durante la guerra se hubiera presentado la oportunidad no habría dudado en hacer el cambio, porque sólo contaba con dos testimonios directos de que alguien hubiese oído hablar de mi novela. En una ocasión me encontré con que el asistente que tenía en mi regimiento acababa de volver de permiso y parecía estar muy enfermo. ¡Cielo santo, chico, ¿qué demonios te pasa?, le dije. Y él me contestó : Bueno, anteayer le pedí a mi novia que se casara conmigo y hoy está leyendo El buen soldado.

En otra ocasión, también en una revista de tropas que incluía unos ejercicios de instrucción en la Guard’s Square de Chelsea, yo estaba muy nervioso porque tenía que hacer los ejercicios delante de media docena de ancianos caballeros, jefes de muy alta graduación, y conseguí aturdir a mis hombres todo lo que es posible hacerlo con los miembros de la Coldstream Guard de Su Majestad. Mientras permanecía rígidamente en posición de firmes, uno de los ancianos caballeros de muy alta graduación, se me acercó por la espalda y me dijo al oído con toda claridad:¿Ha dicho usted, El buen soldado? Por lo que no cabe duda de que Lane consiguió vengarse.En cualquier caso, ya he aprendido que la ironía puede ser un arma de dos filos.

Tú, mi querida Stella, me habrás oído contar estas historias muchísimas veces. Pero ahora los mares nos separan, y las incluyo en esta carta que leerás antes de volver a verme con la esperanza de que te alegre un poco la ilusión de escuchar una voz familiar y llena de afecto. Y así la firmo con toda sinceridad y con la esperanza de que aceptes inmediatamente la dedicatoria de este libro y la general de la edición.

Tu
F.M.F.
Nueva York, 9 de enero de 1927

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Feliz Año Nuevo

[por Maverick]

Bien, pues ya lo ha dicho nuestra querida jefa Madison: Os deseamos un muy Feliz Año Nuevo 2009, que todo os venga muy bonito (como dicen nuestros amigos de México) y que se cumplan todos vuestros más buenos deseos. Brindemos juntos por el año que se va, dejemos atrás los malos momentos y las desilusiones y que el Nuevo Año nos acoja con un corazón espléndido lleno de amor y de nuevas y profundas ilusiones y con tantos proyectos que no podamos verlos finalizados en corto plazo. Vivid y sentid cada minuto como una fiesta porque creo que no existe más secreto para la felicidad... ¡Salud, Pasión y Vida!

Un fuerte abrazo para todos,
Maverick

Gracias

[por Madison]

No quiero terminar el año sin despedirme de todos vosotros. Mi idea es escribir una carta muy bonita y llena de frases especiales, supongo que no será así porque escribo tal como hablo, y la verdad es que cuando converso no utilizo palabras muy técnicas. Lo haré lo mejor que sepa.
Pronto se cumplirá un año del inicio de este proyecto. Gracias Maverick, por haber confiado en mí y por ofrecerme tantas y tantas cosas buenas. He recibido de ti mucho más de lo que yo he sabido ofrecerte.

Si hago balance de este tiempo, el resultado es totalmente positivo. Quiero daros las gracias a todos, porque sin vosotros no hubiese sido posible. Para ser honrada debo reconocer que jamás imaginé que a este café llegaran a entrar tantas personas.

Esto de los blog siempre lo he visto como algo fuera de mi ámbito y estaba convencida de que la gente cuando escribía no era totalmente sincera, ahora, dese mi experiencia la visión es totalmente distinta. Cuando escribimos dejamos una pequeña parte de nosotros aquí plasmada. Eso se nota, se palpa, por las respuestas, por la participación, por los mensajes que me llegan…
Mi agradecimiento lo hago extensivo a todos los que participáis desde el inicio, también a aquellos que un día paseando por estos mundos irreales entraron a tomar un café y decidieron quedarse, me apena cuando ha sido al revés, alguno se cansó y decidió partir, pero quién sabe; permanezco con la esperanza del regreso inminente y también con la esperanza de que los que no se han decidido a participar todavía lo hagan en cualquier momento. Siempre seréis bienvenidos
Es un café de encuentros y de algún reencuentro. Alde...qué maravilloso reencuentro, he visto que me has añadido a tu blog, para mi eso es un orgullo, porque desde la época de Club Cultura te tengo en gran estima.

Y bueno…nada más, desearos a todos lo mejor para el próximo año y recibid un cariñoso abrazo de ésta que os quiere un montón.

Hasta la vista
Madi

viernes, 19 de diciembre de 2008

Abuela.

[por Anjanuca]
Querida abuela,

Como casi todos los años por estas fechas, hoy de nuevo he vuelto a sonreír al acordarme de ti.

Ya sabes por qué ¿verdad? Si, otra vez la dichosa conversación para convencerme de que la Navidad es puro consumismo y que lo de los Reyes Magos es sólo porque “sino el niño se va a sentir desplazado por sus amigos”. ¡Ay, abuela! Cada vez me cuesta más aguantarme la risa.

¿Te acuerdas del día en que perdí la inocencia infantil, que no la ilusión, y ya supe lo que ocurría? Yo no me explicaba cómo abuelo y tú podíais permitiros co vuestra miserable pensión los regalos de veintidós nietos. Y tú me prometiste revelarme el secreto a condición de que te ayudase ese año. Y la curiosidad me pudo, y me presté voluntaria.

Tenías un presupuesto para cada nieto pequeño e inocente y otro para los que ya no éramos tan inocentes pero continuábamos con ilusión.

Dos meses antes de la fecha fuiste con abuelo un fin de semana a Valencia, a una fábrica de juguetes donde compraste las muñecas desnudas y sin caja, y los camiones, puzzles, arcos y flechas, placas del sheriff… Cuando volvisteis a casa me llamaste y me dijiste: “mañana empezamos a trabajar”.

Al día siguiente y durante los días que faltaban hasta el seis de enero, aprovechabas los ratos en que estábamos en el colegio para hacer jerseys de lana, faldones, pañales, camisitas, vestido de repuesto, para las ocho muñecas que había ese año. Compraste unos capazos de mimbre en un mercado y fabricaste los colchones, cosiste las sábanas, tejiste las mantas y las toquillas. Yo te ayudaba, como prometí, cuando regresaba del colegio. Mi tarea, poner los lazos en los jerseys y en los capazos, planchar la ropita, vestir las muñecas para que estuviesen bonitas, colocar cada una en su capazo y hacer un paquetito con cada ajuar. Los demás regalos los envolvíamos juntas. Cada año de una forma diferente.

Para los nietos mayores le dabas a cada madre mil pesetas por hijo, pero con la condición de que comprase lo que tú tenías pensado. Ya estabas cansadita y el ajetreo de las tiendas y la multitud te agotaban. Y nuestras madres te ayudaban llenas de ilusión.

Siempre acertabas con lo que quería. Sabías que mi pasión era leer y escribir y un año llegaba un libro, otro una preciosa caja de madera para guardar mis bolis, lápices, gomas y sacapuntas, otro año un precioso libro de tapas de papel reciclado pintado a mano con las páginas en blanco … Aún conservo tus regalos.

El día cinco, por la tarde, tu casa era un ir y venir de nietos e hijos que iban a dejar el zapato en el salón. Y el día seis…el día seis era el día de la ilusión, los nervios, los gritos, los llantos de emoción imposible de contener, de "¡Lo que yo quería!". Y había que madrugar, porque si llegabas el último encontrar tu zapato y tu regalo era un sufrimiento. Entre tantos envoltorios, lazos, cajas, tu zapato no aparecía y cuando, por fin, lo hacía el que no estaba era el regalo. Alguien, con el barullo, lo había separado. Angustioso. Había que madrugar.

No hace falta que te diga que provocaste tanta ilusión y tantos nervios que impedían dormir la noche anterior, que has conseguido que hoy todos tus hijos y tus nietos sigan con la tradición. Lo único que ha cambiado es que ahora ya no estás y las muñecas se compran vestidas, pero seguimos saliendo al balcón con los más pequeños para ver la estrella de los Reyes (y hay quien la ve todos los años), limpiamos los zapatos antes de ponerlos, cenamos pronto y a la cama. Y seguimos sin poder dormir porque los nervios nos lo impiden.

Pues eso, abuela, que no veo yo cual es el problema de ser consumista. Tú lo fuiste y mira ahora el resultado. Jajaja.

Te quiero.

Silencios

[por Madison]

A veces siento enormes deseos de escribirte una carta, y que sea lo último que sepas de mi.
En cuestión de segundos paso a concentrarme en los momentos mas bellos que hemos vivido juntos y me sorprendo a mi misma al comprobar que han sido muchos. También hemos pasado por momentos difíciles, pero todo lo vivido se ha convertido en aprendizaje, y poco a poco a base de amor y mútuo respeto los fuimos superando.

Te voy conociendo, me dices. Y yo a ti, te respondo. Me encantaría decirte todas esas cosas que callé, hacerte saber todas las palabras que por temor no diré . En el momento que estoy a punto de hacerlo me convierto en ostra, cierro mi caparazón y ahí queda mi yo junto a todo lo pendiente. Y siento rabia de tanto pudor acumulado sin sentido alguno, también soy consciente de que en ocasiones para ver con absoluta claridad no solo basta con abrir la ventana, sino que debes romper el cristal. Me gustaría abrir esa ventana y echar a volar letra por letra para que lleguen a ti y sepas encajarlas una a una , como si de un rompecabezas se tratara, pero tengo miedo, si lo hago me arriesgo demasiado, quizá haga un viento muy fuerte y se las lleve sin nisiquiera darte tiempo a recoger una sola de las palabras que quiero que leas.

Me gusta tu sonrisa, porque me hace sonreir, admiro tu serenidad porque sabes qué rumbo debes tomar. Me gusta cuando dices que no se debe criticar a nadie, me gusta tu sinceridad, me gusta tu silencio porque es tan bello que me hace ver tu mirada. Me gusta tu capacidad para perdonar todos mis destemples que descargo en ti.

Por todo lo expuesto y aunque no sepa expresarme tal como desearía, quiero que entiendas que hoy este post es para ti. Y aunque se que la magia no existe, yo sí se que hemos vivido momentos mágicos. Tú, con tu postura consigues que aunque esté lejos, siempre me quede a tu lado
Por suerte para nosotros, el amor, me refiero al amor en general, no solo de pareja, es un sentimiento que puede con todo, es infinito, aunque en la mayoría de ocasiones no sabemos mirar en nuestro interior y ver lo llenos que estamos de él.

Y somos tan bobos que no lo manifestamos tal y como lo sentimos. Somos tan pudorosos que siempre acabamos reprimiéndonos sin mostrar a quien amamos nuestra plenitud. Sentimos miedo de desnudar el alma y hablar abiertamente de lo que esperamos del otro, es mucho más cómodo callar, esperar...

jueves, 18 de diciembre de 2008

Sensibilidad

[por ILONA]

[Nota de Madison: Esta carta me la ha enviado ILONA para que la ponga aquí. Así lo hago con mucho gusto. Ilona me he permitido titularla así, porque tú eres pura sensibilidad. ¿Sabes que te quiero mucho verdad?]


Te escribo esta carta aunque nunca la vas a leer. Falta poco para que acabe el año y el que empieza será el primero en el que no estarás conmigo. Tú no sabes que ya no formarás parte de mi vida, aunque sé que es lo que deseas, sé que lo sabes inevitable y que tan sólo sigues ahí por el temor a herirme. Intuyo que intuyes que la historia se acaba, porque deseas acabarla. Has superado esos años de sufrimiento que te acercaban a mí, que te hacían necesitarme y ahora que tus circunstancias han cambiado, soy un accesorio un tanto molesto, un apéndice innecesario. Mi caso es distinto, mi situación sigue siendo la misma que cuando te encontré, y mi necesidad de tí no es pasajera. No te lo reprocho, sé que siempre ha habido sinceridad en tu afecto, en tu amistad, pero intuí que para tí ya nada era lo mismo cuando hace unas semanas me dijiste "Me parece que siempre te utilizo de pañuelo". Antes no habrías dicho eso, ni te lo habrías planteado. La facultad de servir de apoyo y consuelo en los momentos bajos eran el activo más importante de nuestra amistad. Abrir el corazón y mostrar las heridas que a nadie más te atrevías a enseñar, la mayor prueba de tu afecto. Almas gemelas, simbióticas, ensambladas... nadie nos entendía como nos entendíamos entre nosotros, con nadie coincidíamos tanto en gustos y sentimientos. Que ahora sientas reparos en la sinceridad, en la entrega, en la confianza absoluta que tenemos, me anuncia el principio del fin. No te diré adiós, pero sé que no volverás a llamarme, que "lo nuestro" morirá de inanición pues yo tampoco buscaré un acercamiento. En los últimos tiempos me he esforzado en mantener el vínculo, pero tus respuestas han sido siempre forzadas, casi una cuestión de educación. Cómo me horroriza eso, que utilices conmigo fórmulas de urbanidad, que tengas conmigo consideración, porque ya no me necesitas. Que ya no sea un impulso irresistible el que te acerque a mí, un goce, una fiesta cada conversación.Sé que he jugado un papel fundamental en tu vida. O al menos, en el trance más amargo de tu vida. Una vida que, por otra parte y en casi todos los aspectos, es privilegiada. Pero la parte más vulnerable de ella, la del corazón, estaba muy herido y allí estuve yo para sostenerte cuando lo necesitabas. Gracias por dejarme sostenerte. Aquella vez que lloraste delante de mí. Gracias por hacerme testigo de tus lágrimas. Te dije más de una vez que para mí sólo existe una manera de amar, que amar es, sobre todo, dar. Yo he sido feliz dándote lo que he podido, lo que necesitabas de mí. Tú suponías esta relacción incombustible, y así me lo decías. Yo sabía que un día llegaría el fin, que sólo te tendría mientras te sintieras vencido, y libremente asumí mi papel. No obstante durante un tiempo, pensé que tal vez la vida me llevara por otros caminos distintos a los que hasta entonces había transitado. Que tal vez pudiera recorrerlos de tu mano. Empecé a olvidarme de la sensación de provisionalidad que casi siempre me embargaba y a soñar con alternativas, elecciones, posibilidades... Pero todos estos planteamientos llegaban tarde, ya tú levantabas el vuelo, soltabas lastre, te alejabas. Levemente, pero te alejabas. Empecé a notarlo y a sufir. Me dolí durante un tiempo de tu curación, egoístamente, sintiendo que el regalo que durante años me había parecido nuestro encuentro, era en realidad una desgracia. Me olvidé de mirar a mi alrededor para percibir todo lo bueno que tengo, porque sin tí nada me parecía suficiente, y es que ya estaba anticipando el dolor de la pérdida. Pero un día perdí la esperanza, y entonces recuperé la libertad. Quise contártelo para que tú también te sintieses libre, pero sentí que ese momento trascendental para mí, para la historia de ambos, no era en realidad importante para tí. Y desde entonces, o casi desde entonces, empecé a despedirme. Tú te alejas, y yo te dejo marchar. He hecho ya algunos preparativos para tu ausencia, planes que mitiguen la pena, lecturas que atenúen el dolor. Sin embargo el vacío no quiero llenarlo con nada. Eres insustituíble, inolvidable, imprescindible...Y tendrás tu sitio siempre por si quieres volver para ocuparlo.

Para Bea, al otro lado del mundo

[por Desierto]

Hola, pequeña.
Últimamente las cosas en este agujero nuestro parece que empiezan a destilar ese ligero olor cambio. Puede que sea la nieve, que como llegada desde tiempos mejores lo ha cubierto todo con un manto blanco, brillante y rotundo. Una nevada que a pesar de los avatares no ha podido dejar de plasmarme una sonrisa casi involuntaria en los labios. Me ha recordado que esos copos que han aplastado nuestra ciudad con la desidia y la modorra, las clases cerradas, los coches en las cunetas y las urgencias vacías de chismes y bobadas, esos mismos copos que acarician mi cara y me despiertan y me reconcilian, es muy posible que vengan viajando desde lejos, desde otras costas también besadas por la nieve amable, de algún lugar donde amigos nuevos juegan a viejos pasatiempos.
A veces me siento cansado. A veces creo que voy a quedarme aquí, solo de puro viejo mirando los días pasar y tengo ese impulso suicida de pisar el freno. Se cuelan en mi cabeza, parásitos y descarados, recuerdos de tiempos parecidos en los que mi corazón parecía bailar una danza bárbara al borde mismo del abismo.
Recuerdo aquellos tiempos y me reconozco. Entonces no me creía feliz. Tampoco así me siento ahora; estoy demasiado inquieto y demasiado alucinado con la velocidad del huracán, pero aunque ésa sea la misma sensación que me atenaza el estómago, si miro hacia atrás y me veo desde estos ojos de hoy recuerdo aquellos tiempos siempre, invariablemente, con una sonrisa en los labios, y me viene a la cabeza esa frase del genial Neruda: confieso que he vivido.
Y entonces no puedo evitar pensar que quizá sea esto aquello para lo que un día nací, pensar que dentro de unos meses, de un año, recordaré estos días con la plenitud del buen caldo exprimido hasta la última gota y entonces, por fin, sienta que ya no importa si estoy aquí o allá, que ya no importa si sigo soñando con ella o no, que ya no importa casi nada que no sea seguir reconociendo cada esquirla de cristal de vida.
No lo sé, supongo que será esta ambivalencia lo que me da energías para enfrentarme a los días tras días con las mismas ganas y el mismo escaso, parco, turbado y a todas luces insuficiente sueño.
Como comprenderás, he tenido que pensar en ti y en esa búsqueda incansable de tu lugar en el mundo con la que llevas pelando tanto tiempo. Si todos somos tan diferentes, ¿por qué estas mismas ausencias? ¿Por qué estas mismas angustias? ¿Por qué este mismo vagar sin casa y sin rumbo?
No te alarmes, pequeña, a pesar de que cuando me pongo tonto sueno un poco más melodramático de lo que pretendo, en el fondo lo único que quería decirte es que aquí, las cosas, están cambiando.
O no del todo, en realidad, pero que al menos se respira el germen, la predisposición hacia algo nuevo, el frío que anuncia que tarde o temprano llegará la próxima estación.
Things have changed, canta Dylan en este momento. Y eso es simplemente bueno.

Un beso.