
Jeanne Moreau
Qué menos que dedicarte mi mejor sonrisa en estos primeros días de octubre.
Colección de cartas reales y ficticias para disfrutar del simple placer de leer y escribir.

En medio de la noche llego al convencimiento de que llegaste a mi vida en el momento preciso.
Que hubo signos y señales desde el principio. Señales y signos que ignoramos hasta que tuvimos la certeza de que era el momento de dar el salto.
Y aun sin decir ni hablar, nos aferramos a nuestro presente porque ambos sabemos que hubo un pasado en el que no existíamos. Un pasado que nos alejaba, que hubo otras miradas, otros besos otras manos ya olvidadas.
Y ahora en medio de esta noche, casi madrugada, me levanto de la cama y miro por la ventana. Las farolas de la calle permanecen encendidas. Con los ojos muy abiertos miro a lo lejos y la veo distinta, más firme, quizá mas segura.
Observo el camino, lo hago con lentitud…y sin venir a cuento me digo que existen casualidades curan el alma.

Cuando digo que un libro me gusta es porque al leerlo, he sentido algo especial, la historia me atrapa y tras finalizar la lectura noto que ha dejado huella en mi.
Cuando leo soy feliz, pero para alcanzar esa especie de felicidad necesito que lo que el narrador cuenta no me sea indiferente
Es lo que me ha sucedido con este libro. La historia en si no es nada extraordinaria, es la forma en que está narrada que es impecable, rozando la perfección.
William Stoner me exaspera, leía y a medida que le iba conociendo me iba enfadando cada vez más al comprobar tanta pasividad.
Es un tipo inteligente, con muchas posibilidades de disfrutar de éxitos en su vida pero no. Stoner es una persona pasiva, que no reacciona ante nada.
Es un hombre que no sabe decir no, su matrimonio es un desastre, su esposa una mujer amargada que le hace la vida imposible.
Encuentra el amor pero no es capaz de retenerlo, así que una vez más acata lo que le ordenan sin apenas oponerse, me gusta mucho estos dos párrafos que pertenecen al inicio y fin de su romance con Katherine:
En su año cuarenta y tres de vida William Stoner aprendió lo que otros, mucho más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un in sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra.
No dijo más. Se abrazaron para que ninguno viera la cara del otro e hicieron el amor para no tener que hablar. Se acoplaron con esa típica ternura sensual de conocerse bien y con la nueva pasión intensa de la pérdida. Después, en la oscura noche de su habitación, yacieron quietos sin hablarlse, rozándose ligeramente
Ama a su hija, pero no es capaz de imponerse a la tiranía que ejerce sobre ella Edith, la esposa y madre de Grace, efectivamente todo es un desastre. La vida de los tres es un desastre, que cada uno intenta esconderse de ellos mismo de alguna forma. Edith con sus enfermedades imaginarias, Stoner cada vez mas recluido en el trabajo y Grace la hija acaba refugiándose en la bebida
Solo al final de su vida se da cuenta de algo:
Desapasionadamente, razonablemente, examinaba el fracaso de su vida. Había buscado amistad, la amistad más cercana que pudiera acercarle a la raza humana…
Había buscado la singularidad y tranquila pasión conjuntiva del matrimonio…
Había buscado amor y había tenido amor, y había renunciado a él…
Y había querido ser profesor, y lo fue, aunque sabía, siempre lo supo, que durante la mayor parte de su vida había sido uno cualquiera…
Había soñado con un tipo de integridad, un tipo de de pureza que fuera cabal, había hallado compromiso y la desviación violenta de la trivialidad.
Se le había concedido la sabiduría y al cabo de largos años había encontrado ignorancia. ¿Y qué más?, pensó. ¿Qué más
¿Qué esperabas?, se preguntó...
En definitiva, es un libro muy recomendable, aunque he encontrado una par de faltas de ortografía y eso para mi es inexplicable que suceda

Edward Hopper

Desde mi ventana, con el sol de media tarde cubriéndome la cara, me entretengo en contemplar el mapa de la vida.
En toda su extensión veo lugares que han quedado enquistados en mi memoria para siempre.
La casualidad es caprichosa. Yo guardaba un imán. Tú tenías otro. Un día les dio por atraerse. Recorrieron sitios, transitaron por caminos remotos hasta dar con nuestros sentimientos que desde tiempo inmemorable buscaban una dimensión conocida, pero hasta ese momento oculta.
Y ocurrió lo sorprendente. Yo prefiero llamarlo grandeza. Te miré a ti y me vi a mi. Desde entonces nuestros días transcurren en presente aún sabiendo que existió un pasado que nos mantenía alejados. No nos despojamos de él, pero lo dejamos en solo un recuerdo al que no permitiremos que nos atrape.
Es nuestra vida. Cosas pequeñas o grandes, pero al fin y al cabo cosas de nuestra hermosa vida.