domingo, 1 de diciembre de 2013

El encuentro


Aquel invierno yo trabajaba hasta muy tarde, de regreso a casa me divertía entretenerme por el camino observando mi imagen flotante en el cristal de los escaparates. Fue una de esas noches cuando me fijé en él por primera vez, me impactó ver su cuerpo reflejado junto al mío, pero sucedió todo tan rápido que enseguida me olvidé.
Por eso aquel día, cuando nos cruzamos en el portal justo cuando yo abría la puerta para entrar y él salía con su perro, quedé perpleja y dubitativa, mientras me preguntaba si lo que estaba viendo era real

Nos saludamos casi  con sorpresa y nos miramos con disimulo, pero noté que me sonreía de una forma muy extraña, y aunque aquel día no nos dijimos nada más, parecía como si supiéramos lo que iba a suceder.
No sé qué me pasó por la cabeza, quizá alguna extravagancia el caso es que nunca antes se me había presentado la ocasión de hacer algo semejante.
Pero me dije: Para qué demorar lo inminente, no crees que hay que vivir el momento. No ves que  debes intentarlo todo antes de ceder?
Por un lado corría el riesgo de equivocarme y que en realidad yo no le interesara lo mas mínimo, y, lo que era peor, me arriesgaba a reducir mis emociones si la osadía desembocaba en fracaso.
Todo esto tiene relación con la tendencia que tengo a idealizarlo todo.

Dejé a un lado el pudor y me dije que estaba dispuesta a todo, incluso a decir cualquier tontería con tal de agradarle, aunque de todos modos, pensé, se puede ser digno y locuaz ¿¿no?
Así que me armé de valor y salí a su encuentro, después de todo lo único cierto era, que me había pasado tanto tiempo imaginándolo y  resultaba que ahora estaba aquí.

Imagen de Jacques-Henri Latirgue