
Hace un tiempo, cuando alguna situación me desbordaba o cuando alguien venía a mi con la intención de dañarme, me indignaba. Reaccionaba irritada, hasta ponerme o rebajarme a su mismo nivel, eso ya pasó y por suerte he aprendido a contar hasta tres o si hace falta hasta diez antes de responder o reaccionar. Observo y escucho con la mayor calma posible, al menos aparentemente. Con el transcurrir del tiempo he podido comprobar que cada uno tenemos lo que merecemos y que la ira o el malmeter se vuelve en contra de quien utiliza esos métodos para obtener lo que persiguen a cualquier precio.
Aún así, reconozco que cuando me encuentro en alguna de esas situaciones que he descrito anteriormente el corazón se me acelera, pero mi estado de ánimo se ralentiza. Mi cerebro se torna lento y no consigo despojarme de la tristeza que se abre camino en mi interior, noto que un manto espeso, tupido cae sobre mí. La claridad se ve envuelta en niebla. Ya no hay blanco o negro o colores alegres, lo que yo veo a mi alrededor son gama de grises. Los motivos se amontonan entre personas tontas que dicen cosas tontas.
Metamorfonseándome dejo a un lado el hastío y el tedio que me producen las discusiones sin sentido que acaban hartando, y que llegado a un punto no se cuando empiezan ni cuando terminan, como tampoco sé el motivo que ha desembocado tal discusión.
Basta ya de complicar lo sencillo.