martes, 7 de diciembre de 2010

El paseo en bicicleta

Al ir cayendo la tarde las calles del pequeño pueblo se iban quedando vacías, brillaba el empedrado con las gotas de la lluvia que había empezado a media mañana y aún persistía. Empezaban a verse luces tras los cristales de las ventanas, y por todos lados se percibía el olor de la leña en las estufas y chimeneas.

A pesar de todo ello, el día había resultado especial. Por la mañana, antes de que comenzará a llover, decidieron que cogerían las bicicletas y subirían hasta la "cueva del Moro", casi en la cima de la colina cercana, desde donde se podía admirar toda la campiña hasta la misma ciudad, por un lado, y los cultivos que se extendían hasta las montañas, por el contrario.

Prepararon algo de comida y una botella del vino clarete de la zona e iniciaron el camino. Tras pedalear sus buenos once o doce kilómetros, llegaron al lugar, se recrearon con las vistas durante un largo período de tiempo y, cuando ya estaban prácticamente empapados por la lluvia que no paraba, buscaron refugio en el interior de la cueva y almorzaron.

A media tarde, después de una larga sobremesa, iniciaron la vuelta al pueblo, aprovechando que en esos momentos la intensidad del agua había disminuido. Ya era casi de noche cuando finalmente entraron en casa.