lunes, 30 de noviembre de 2009

Guarda y tutela



-Lloraste porque te ibas la otra noche tal como dijiste?
-Confieso que estaba tan cansada después de nuestra aventura que me fuí directamente a la cama.
-Guarda tus lágrimas para una casua mejor. Todavía tienes por delante uno de los mejores placeres de la vida.
me gustaría contarte mil cosas sobre Roma. ¡Y me gustaría tanto ir contigo para poder enseñartela personalmente!
Tienes que prometerme que un día me dejarás que te lleve a un pequeño hotel situado en Via Felice, en el monte Pinicio, una casa con una terraza en el cuarto piso. Hay una tienda de objetos de cerámica en el sótano. Se puede acceder a la terraza por la escalera principal. Yo ocupé una de las habitaciones que daban a esa terraza, y que constituía mi pequeña propiedad. Recuerdo que solía coincidir con una pobre escultora americana que vivía justo debajo. Llegó a hacerme un busto; el de Apolo Belvedere no era nada comparado con aquel. Me pregunto qué habrá sido de ella. Tienes que ver esas vistas, las vistas que veía cada mañana cuando me levantaba, donde leía, estudiaba y vivía. Solía alternar las visitas a lugares de interés con ataques de estudio apasionado. De haber pasado allí otro invierno, estoy seguro de que hubiera aprendido muchísimo.
El auténtico amante de Roma oscila en una especie de dolor delicioso entre la ciudad como tal y la ciudad de la literatura. Esas dos ciudades permanecen en tu mente eternamente, haciendo referencia la una a la otra y discutiendo por y para ti. Nora, si tuviéramos ojos para las cosas metafísicas, seríamos capaz de ver desde esa pequeña terraza una gran cantidad de extrañas ambiciones y fantasías esparcidas por la ciudad. ¡Era bello observar, allí sentado, cómo la campagna hacía suyo el relato y respondía a mi página escrita! ¡Si sé algo de la historia (un hombre como yo se supone que debería conocerla), lo aprendí en aquella atmósfera grandilocuente!. Me gustaría saber quién está sentado hoy en aquella misma escuela.
Quizá tú podrías contarme algo.
-Recogeré las migajas de tus banquetes y haré una comida con ellas-dijo Nora-Te diré a qué saben.
-Díos quiera. Y una cosa más. No dejes que Mrs Keith te convierta en una católica

Guarda y tutela, de Henry James