domingo, 18 de octubre de 2009

Obabakoak


Querido Esteban:
No debemos asustarnos por lo que no podemos comprender, no al menos cuando, como en nuestro caso, lo incomprensible parece tan bonito. Ese domingo del que me hablas yo estaba en la cama con un ligero dolor de garganta, muy aburrida, y de pronto me entraron ganas de leer un libro. Pero resultó que una avería eléctrica había dejado toda la casa en penumbra, y que no podía hacerlo sin antes buscar una vela. Así pues, me levanté y fui a por ella a la cocina.
Lo que nos interesa a los dos ocurrió un poco más tarde, cuando volvía a mi habitación con la vela encendida en la mano. Primero escuché el sonido de un órgano, y luego vi a un chico de pelo negro junto a un anciano que tocaba el instrumento resoplando y moviéndose sobre el teclado.
Entonces oí las mismas palabras que oíste tú, y me puse muy contenta, como si aquello hubiera sido un sueño, un sueño muy bonito. ¿Te pasó lo mismo a ti? ¿Te alegraste? Espero que sí.
Luego se lo conté a mi madre. Pero ella no quiso hacerme caso, y me envió a la cama diciendo que tenía fiebre. Ahora ya sabemos lo que nos ocurre. A los dos nos ha ocurrido lo mismo, por algo será…

La carta acababa con una petición. Quería tener su fotografía. ¿Sería tan amable de enviársela? Ella le correspondería enviando la suya “Soy más rubia de lo que imaginas”, afirmaba

Esteban Werfell sonrió al leer el comentario, y devolvió la carta al cajón. Tenía que seguir escribiendo, y lo más rápido posible, además, porque se iba haciendo de noche. El parque se había llenado de sombras, los cisnes dormían ya en su caseta.


Obabakoak,de Bernardo Atxaga