viernes, 3 de julio de 2009

AMSTERDAM



Hacía mucho frío en Amsterdam aquel mes de marzo de mediados de los setenta; la tarde de ese día era enormemente desapacible, un viento helador que se colaba a través de las ropas de abrigo y llegaba hasta los mismos huesos; una lluvia, que si bien no era muy fuerte iba empapándonos y nos hería el rostro como si de alfileres se tratara. A pesar de ser una hora relativamente temprana, el sol ya se estaba retirando, pintando el cielo de una luminosidad entre grises y rosas que se matizaba con las farolas ya encendidas.


Regresábamos en autocar de La Haya, siendo el comentario general de nuestro grupo de amigos el mal tiempo y haciendo planes para la noche. Todos parecían estar de acuerdo en quedarse en el hotel hasta la cena y luego, si mejoraba el tiempo salir a tomar algo por los alrededores. ¿Os parece bien? nos preguntaron; Pepa y yo nos habíamos sentado juntos desde el primer día, cuando llegamos al aeropuerto y nos subimos en ese primer autobús. La verdad es que hasta entonces apenas habíamos cruzado ni una docena de palabras, pero los tres días que llevábamos conviviendo en Holanda nos habían convertido en inseparables; poco a poco nos fuimos contando cosas de nuestras vidas y la verdad es que ambos disfrutábamos de esa relación. La única pega era que siempre nos movíamos en grupo.

No se como sucedió, pero cuando Maite nos hizo la pregunta, nos miramos los dos y sin decir una sola palabra, me levante y acercándome al conductor le dije que en el primer semáforo abriera la puerta delantera que era la más cercana a nuestros asientos. Volví al lado de Pepa y en cuanto se detuvo el autocar la cogí de la mano y dije: "vamos, que nos bajamos". Ella se levantó casi corriendo y en menos de un minuto nos encontrábamos en la acera mientras nuestros amigos nos hacían gestos de extrañeza desde el interior del vehículo, que ya se ponía en marcha.

Aún tomados de las manos, nos miramos de nuevo y prorrumpimos en una sonora carcajada. Como de nuevo empezaba a arreciar la lluvia, echamos a correr y nos metimos en un café al lado de uno de los canales. Nos sentamos a una mesa y mientras entrábamos en calor con unos cafés con leche, continuamos hablando de nosotros.
En determinado momento comenzó a sonar una canción que nos acompañaría toda la tarde, y ya entrada la noche, Pepa me confesaría que era muy especial para ella. Pero esa, es otra historia.