miércoles, 13 de agosto de 2014

El verano de nuestra vida

“En el centro de nuestras vidas hubo un verano. Un poeta que no escribió verso, una piscina desde cuyo trampolín saltaba un enano con ojos de terciopelo y un hombre al que una noche se llevaron las nubes. Los días cayeron sobre nosotros como árboles cansados”

Así empieza, El camino de los ingleses, el libro de Antonio Soler, y  creo que lleva razón, en general todos mis veranos han sido buenos, pero hubo uno que gana sobre los otros, fue cuando cumplí  los dieciocho años,  no solo  ese es el motivo  para que me parezca más brillante, el caso es que aquel verano conocí al que sería el amor de mi vida. El  primer día nos vimos solo unos minutos y apenas intercambiamos unas palabras, pero al poco volvimos a coincidir y  a partir de ese momento buscábamos cualquier pretexto para estar juntos.

Cuando anochecía nos íbamos a dar una vuelta, el parque nos atraía, una hilera de árboles perfectamente alineados y sus correspondientes bancos de madrea era el lugar perfecto para nosotros. Nos sentábamos en uno de ellos bajo los plataneros. Era nuestro rincón favorito. El sitio en que nos gustaba buscar refugio y charlar de nuestras cosas durante horas sin que nadie nos molestara. Casi siempre buscábamos un lugar apartado, preferiblemente al lado de la fuente.

En aquella época yo leía a Goytisolo, en concreto Señas de identidad,  El diario de Ana Frank,  todo lo que caía en mis manos de Poe  y alguno más que ahora no recuerdo,  a  él no le gustaba leer, pero a su padre sí, eso hacía que dispusiera de una magnífica biblioteca. Como sabía de mi pasión por la lectura cada tarde cuando venía a verme me traía libros.

Por mi santo me regaló un radiocasete y me hizo tanta ilusión que lo primero que hice fue grabar una cinta con mi voz agradeciendo el regalo y expresándole mi amor. Guardaremos la cinta, le dije  y  cada año por esta fecha volveremos a escucharla juntos. Él me besó en la mejilla y yo me sonrojé.  Fue tal la emoción que me produjo notar sus labios sobre mi piel que mi cuerpo, todo el temblaba como una hoja.¡ Éramos tan jóvenes!
El verano transcurría tranquilo y despreocupado, como transcurre cualquier verano. Al principio íbamos  a bailar, al cine o a cualquier  otro sitio con amigos, pero poco a poco nos fuimos distanciando de ellos, no queríamos compartir lo nuestro con nadie más, solo él y yo.

Hace tanto de todo aquello!,  pero todavía me acuerdo, sobretodo en estas fechas.
Me pregunto si tú te acuerdas de cuando hablábamos de vivir juntos.
Me pregunto si alguna vez viene a tu memoria nuestra imagen haciendo el amor hasta perder las fuerzas. La persiana medio bajada. Agotados entre risas y lágrimas de placer.
Me pregunto que habrás sentido al tocar otra piel, si tus manos notaron el mismo asombro que cuando me acariciabas a mi.
Si te acuerdas de nuestra promesa de guardarnos fidelidad hasta morir,
Aunque a estas alturas  poco importa, hace tanto tiempo que aunque te acuerdes ya no sirve. Todo quedó atrás. Evaporado.
 Hoy, no sabría que decirte, solo se me ocurre, que tú llevabas mucha prisa y yo era algo lenta. Nuestros pasos eran desiguales y aunque lo intentamos no supimos acompasarlos.
Pero cada día amanece y aunque sea por separado seguimos andando y continuamos saliendo a la calle, del ayer  queda poco o nada, si acaso una pizca guardado en algún lugar de la memoria.
Andar cada uno a nuestra manera, de eso se trata, de seguir caminando sin esperar respuesta donde no la hay, Ilusionarnos no demasiado, lo justo, lo que nos esté permitido para seguir viviendo veranos inolvidables.