jueves, 23 de abril de 2015

Lluvia

Aquel verano fue lluvioso en general, aún así nos fuimos a pasar el mes de agosto a la casa de la playa. 
Nos gustaba madrugar y salir temprano para ir a nadar, pero cuando amanecía con mal tiempo nos quedabamos en la cama hasta la tarde. Entre ensueños y devaneos, dando muestras de una fina sagacidad hacíamos el amor. A ratos 
 despacio y otros  con urgencia,  como si nos fuera la vida en ello. Luego nos quedábamos tumbados un buen rato, él boca arriba mirando al techo y con una mano en mi pelo,  yo dejaba reposar la cabeza sobre su pecho. Te he esperado tanto tiempo. Me decía sin parar de acariciarme. Y oirle eso me gustaba. Emocionada, levantaba la cara hasta él para decirle que nadie me había dicho jamás algo tan bonito.
 Nunca nos hicimos preguntas. Así que dimos por hecho que en los 
 momentos de initimidad habíamos estado a la altura y colmado las espectativas del otro.
 Mientras lo hacíamos apenas hablabámos, lo mismo que la primera vez. Nos dejábamos llevar mirándonos como si no nos conociéramos, intercambiando sonrisas de complicidad, recorriendo nuestros cuerpos con los ojos y las manos. Sea lo que fuera lo que pasó  mientras llegó la calma mantuvimos vivo el amor , aunque como era de esperarse todo cedió sin nosotros ser capaces de notarlo.
Nuestro amor se convirtio en volcan subterraneo. Y ahí quedó sumergido, que no muerto. A la espera que el ardor regrese y nos devuelva el deseo que desde entonces mantiene en cautiverio.