martes, 25 de marzo de 2014

Recuerdos de un coche


















El coche de mi chico era de color amarillo, bueno amarillo clarito tirando a  crema.
Lo tenía siempre impecable y olía muy bien llevaba un radio cassette  que se oía de maravilla, tenía bastantes cintas aunque él prefería hacer una lista de canciones  preferidas y grabarlas para  escucharlas cuando estábamos juntos.

Cada día me esperaba en su coche a la puerta del trabajo, me echaba tanto de menos que antes de llegar a donde él estaba me abría la puerta, yo corría hasta sus brazos, nos besábamos despacio y con la pasión acumulada  que proporciona  estar unas horas separados, permanecíamos abrazados un rato, no sabría precisar cuanto, pero si sé que era el necesario para impregnarnos de mi olor y del suyo hasta convertirlo en uno solo y propio, nos mirábamos con los ojos entornados, con ese aire de felicidad que nos  proporcionaba el sabernos juntos. 
De fondo sonaba la voz de Roberta Flack, o Barry White, o Elton John y otras veces bandas sonoras de películas del oeste

En invierno, los domingos por la mañana que hacía bueno aprovechábamos para ir de excursión a la montaña, él conducía, y a mi me encantaba abrir la ventanilla y que  el aire me diera en la cara  enmarañando mi  pelo, aunque al final del trayecto, antes de bajar del coche  al mirarme en el espejo éste me devolvía una imagen de pena, pero me sentía tan feliz que no me importaba, me apartaba el pelo de la cara con los dedos de las manos y quedaba perfecto. A él le gustaba besarme el pelo.

En verano íbamos a la playa por la mañana, llegábamos temprano porque nos gustaba colocarnos siempre en el mismo sitio, un rincón pequeño donde había unas  rocas que nos resguardaba del viento cuando éste soplaba con fuerza, cosa que sucedía a menudo. A él le gustaba  bucear, yo prefería nadar y tomar el sol Una vez instalados, es decir, toallas y sombrilla, él preparaba los bártulos para la inmersión, traje, aletas, gafas, tubo y algo más que ahora no recuerdo. Mi chico era alto, delgado y muy guapo, quedaba bronceado con poco que le diera el sol. Me encantaba cuando vestía con un polo de color verde oscuro y lo combinaba con unos vaqueros.

 No recuerdo que alguna vez me pusiera crema solar en la espalda. Y ahora que lo pienso, creo que yo tampoco se la puse a él. Mientras  buceaba yo le esperaba con un libro recostada en la toalla, si el sol apretaba mucho me daba un baño, de tanto en tanto me incorporaba un poco colocando la mano a modo de visera y miraba a lo lejos por si le veía, algunas veces nuestras miradas coincidían, lo sabíamos porque los dos alzábamos la mano agitándola con  fuerza a modo de saludo. Al cabo de un rato llegaba. Le gustaba hacerme rabiar, y aprovechaba que yo estaba adormecida para tocarme con las manso mojadas, yo, me levantaba de un salto, gritando, y él se reía mientras me cogía de las manos y me abrazaba.
Mi corazón temblaba a causa de tanto amor. Ese amor que de pronto te hace sentir frágil pero a la vez invencible, casi inmortal.
Entonces tomas conciencia de que el tiempo empieza a transcurrir de un modo que jamás hubieses imaginado, a partir de ese momento sabes que hay un antes y un después, que los días pueden convertirse en minutos y las horas en suspiros, porque como dijo alguien, el amor no es para soñarlo, tampoco para pensarlo. El amor, es para vivirlo

En la imagen Jeanne Moreau, en la película Jules et Jim