viernes, 22 de febrero de 2013

Cerré mis dedos sobre los tuyos

















Los dos llegamos a la misma hora. Sin mediar palabra nos sentamos en el banco de hierro. Nos mantuvimos erguidos y mirando a lo lejos.
Nos volvimos el uno hacia el otro y nos besamos con deseo. Nuestros movimientos eran torpes.

Recordé con precisión otro atardecer  donde nos ocurrió lo mismo.
Notaba la nariz fría y húmeda. Me abracé a él. Un viento helado no cesaba de soplar con intensidad desigual.

Sentí frío y soledad. Apoyé mi frente sobre su cuello cálido y familiar. Deslizó su mano hasta dejarla descansar sobre la mía.

Bajó la cabeza y me miró. Las luces de las farolas y las de los escaparates de las tiendas empezaban a iluminar las calles y aquello me recordó que se acercaba el momento.
Odié aquellas luces que dejaban al descubierto cualquier asomo de disimulo, eché de menos la oscuridad donde las sonrisas pueden enmascararse y parecer valientes, radiantes, aunque por dentro contenga las lágrimas 
 Pintura de Trish Biddle