domingo, 27 de enero de 2013

Kafka va al cine






















¿Estás más tranquila? ¿Remite el sufrimiento? Tras la carta de hoy podría pensarse eso, y me gustaría en verdad que fuera así, pero no me fío del todo. ¿Qué no puedes leer? No es nada extraño. ¿Cuándo tendrías tiempo para ello?...Querídisima, ¿cómo ha llegado a tus manos el Uriel Acosta? Yo no conozco tampoco esa obra de teatro y creería que  no soy capaz de leerla, pese a que en mi caso sí es verdad lo que dices tú en broma sobre tu cerebro. Pero quizá un cerebro así tiene que resecarse y endurecerse para que, en su momento, pueda brotar una chispa de el. Esto es lo que iba a escribir cuando llamó mi hermana a la puerta, yo estaba solo en la sala de estar, ella venía del cinematógrafo y tuve que ir a abrirle. Esta interrupción hizo que dejara la carta. Mi hermana me contó la sesión, o mejor dicho, se lo sonsaqué, pues a pesar de que voy muy raras veces al cinematógrafo, sí me sé de memoria casi todas las carteleras semanales de todos los cinematógrafos. Mi distracción, mi necesidad de entretenimiento se sacia con los carteles  publicitarios; mi habitual e intimísimo malestar, ese sentimiento de lo eternamente provisional remite al ver los anuncios; siempre que regresaba a la ciudad de mis vacaciones de verano-que al fin y al cabo resultaban poco satisfactorias, sentía una avidez por ver los carteles y desde el tranvía con el que me dirigía a casa, iba leyendo al vuelo, fragmentariamente y con mucho esfuerzo, los carteles junto a los que pasábamos...

Kafka va al cien, de Hanns Zischler