viernes, 25 de enero de 2013

Atlántico
























Querido L.A.
Te escribo desde la casa de la playa, la semana pasada recibí una carta de los administradores de la finca en la que  requerían mi presencia con urgencia pues había asuntos legales pendientes de solucionar.

Ha sido un viaje apresurado, aún así opté por hacerlo en tren, ya sabes que siento terror a los aviones y conducir sin nadie al lado con quien hablar me agota el aburrimiento

 El trayecto resultó entretenido, en el asiento contiguo al mío había  una mujer de aspecto agradable y distinguido, lo supe en cuanto vi la calidad de su ropa y accesorios.
 Cuando entré al compartimiento ella estaba absorta  en la lectura de un libro que sostenía con ambas manos de una forma que me impedía ver el título. Ella me miró con desgana . Yo la saludé con poco entusiasmo, apenas un hilo de voz salió de mi boca, permanecimos calladas por un buen rato. No recuerdo en que momento se rompió el hielo entre nosotras  ni  el motivo por el cual que empezamos a hablar, aunque perfectamente podría ser el libro que  permanecía abierto pero ahora descansaba  sobre su falda , el caso es que no había transcurrido ni media hora que la conversación era fluida como si fuéramos viejas amigas.

Tras intercambiar las  frases de presentación me preguntó a dónde me dirigía, le respondí  con soltura y mientras lo hacía su rostro reflejaba sorpresa pues me contó que  libamos hacia el mismo lugar a diferencia que ella  se alojaba en el único hotel que hay en el pueblo y yo en mi propia casa. Estuve a punto de decirle que podía  venir y quedarse conmigo, pero mi indecisión y timidez  impidió hablarle con mas claridad.

Al finalizar el viaje cogimos nuestras maletas y bajamos al andén de la estación, allí mantuvimos la última conversación.  Intercambiamos dirección y  número de teléfono para citarnos antes de yo regresar a la ciudad. Nos besamos en la mejilla, dimos media vuelta y cada una de nosotras nos dirigimos en direcciones distintas.

Se había puesto el sol y amenazaba lluvia, busqué  un paraguas en el bolso grande que llevaba colgado al hombro, sí, aquel de color camello que me regalaste el año pasado por mi cumpleaños, pero no hubo suerte, por lo visto me lo olvidé encima de la mesa del salón antes de salir hacia la estación.

Aún así quise ir andando, mi otro yo, ese que solo en contadas ocasiones  se muestra receptivo me pidió recorrer el camino de la playa que lleva a la casa, sentir  que la humedad del mar cubría mi cuerpo, besaba mi rostro a la vez que deslizaba por mi espalda.

 De tanto en tanto hacía un alto en el camino tomando aire y observando lo nuevo que había venido a quedarse y recordar lo viejo que ha desaparecido, me preguntaba como  era posible que las cosas cambiaran con tanta prontitud y descaro, sin pedir cuentas ni permiso.

 Elena se encuentra bien, mantiene la casa cuidada y a punto. El parqué de los suelos brillan y en las alfombras no se observa ni una mota de polvo, al menos a simple vista. El caso es que la casa huele a limpio. Me contó que su hija ha tenido un bebé y está pesando en irse a vivir con ella o pasar largas temporadas, si eso ocurre tendré que pensar en buscar a alguien que ocupe su puesto, aunque se que resultará difícil , pues estoy acostumbrada a ella y su manera de hacer.
A Fermín lo he encontrado algo mas viejo, un poco encorvado, pero se siente feliz entre las lilas y los árboles frutales.

Los administradores me informaron de que hay unas personas interesadas en la compra de la casa, están dispuestos a llegar a un acuerdo económico que sea satisfactorio para todos. Hemos quedado la semana que viene en casa de Carmela para ultimar el asunto, así que te mantendré informado por si es necesario que vengas tu también. No te niego que me gustaría tenerte a mi lado, y que por momentos añoro nuestra vida pasada. ¿Recuerdas?.Aquí nos iniciamos en la vida adulta, aquí aprendimos a reír y llorar a ritmo de dos. 
Lo primero que hice al llegar a la casa fue subir a nuestra antigua habitación, abrí el cajón superior de la cómoda, cogí una prenda de ropa tuya, me la acerqué y apoyé mi rostro en ella acariciando con la intensidad que tanto te gustaba, la misma que tu me correspondías....
¿Qué nos pasó? ¿Cómo llegamos a ese punto en que el pentagrama de nuestras vidas que siempre había sonado acompasado dejó de hacerlo? Todavía hoy me lo pregunto, pero no obtengo respuesta alguna.
Esta que te quiere