viernes, 16 de noviembre de 2012

Ecuentro




A la hora convenida salí de casa con la intención de encontrarme con él. Eran las tres de la tarde, lo sé porque en ese momento se oía a lo lejos las campanas del reloj de la iglesia. El día  transcurría tranquilo, hacía sol y el cielo mostraba un azul intenso y brillante a causa del viento que seguía soplando desde la noche anterior .
Apenas llevaba puesta ropa de abrigo pues la temperatura a pesar de estar a finales de noviembre sigue siendo suave. Una gabardina de color crudo y forro de cuadros era la única prenda que se me ocurrió coger por si refrescaba al anochecer.
Mientras caminaba noté que algo inesperado ocurría en mi interior, inexplicablemente no podía controlar el temblor que me producía el pensar cual sería mi reacción, o la de él, cuando se produjera el momento del encuentro, cuando estuviéramos uno frente al otro. No había preparado palabras concretas, ni tampoco había ensayado sonrisa alguna, aunque por el camino no cesaba de preguntarme si estaba preparada para lo que estaba a punto de ocurrir. Naturalmente que esto no era ni de lejos  lo que más me preocupaba en aquellos momentos
La calle es larga y amplia, la acera tiene espacio suficiente para caminar con holgura, a lado y lado hay árboles altos y viejos, plataneros concretamente. Ando despacio y me entretengo pisando las hojas secas que han caído al suelo. Me encanta  el ruido que produce la pisada del zapato sobre ellas.  De vez en cuando miro al cielo, el brillo del sol  hace  que no pueda abrir los ojos, es demasiado intenso para mantenerlos abiertos, algunas lágrimas se deslizan  por mi rostro pero se secan antes de llegar a los labios. Me gusta el sabor salado de las lágrimas.
Seguí avanzando con pasos ligeros. Noté que me crecía. De pronto me sentía fuerte,la inseguridad y el peso que había ido acumulando durante tiempo desapareció sin darme cuenta, dejando una puerta abierta a la libertad.
 No en vano me estuve preparando durante este tiempo para cuando llegara el momento del encuentro. Porque no nos engañemos, yo nunca dudé de que este día llegaría ,de hecho contaba los días, las horas, los minutos hasta que sucediera. Era consciente que podía tardar más o podía tardar menos, pero no dudaba de que  llegara. Y llegó. Sin avisar ni nada. Sin pronunciar mí nombre. Sin pedir paso ni permiso, pero supe que  había llegado la hora. Y acepté.Acepto. Quiero..
Me  imaginé que encerraba en los puños la frágil caricia de dos corazones que un día no supieron tomar el suficiente impulso para conseguir saltar la inalcanzable barrera de los sueños. Durante ese tiempo de soledades y silencios, sobre todo en mis largas noches de insomnio me he preguntado una y otra vez  cuales fueron los motivos que nos llevaron a rozar el límite del abismo. Ahora sé que fueron nuestras circunstancias las que ocasionaron el desastre.
Le vi a lo lejos apoyado una esquina de la calle .Estaba a una distancia considerable, pero supe que era él. Le reconocería en cualquier parte, aunque se encontrata en la otra parte del mundo mezclado entre miles de personas. Estaba pensativo, el ceño fruncido y la mirada baja y lejana,  con su inseparable cigarrillo entre los labios y las manos apretadas en los bolsillos, como si no quisiera que algún secreto se le escapara.
Después de tanto tiempo de ausencia le noto cambiado, a medida que me voy acercando huelo el cambio que el tiempo ha producido en él.
Corro hacia él. Tengo prisa por llegar a su lado, me abro paso al abrigo de las emociones, y doy rienda suelta a mis pensamientos.
 Pintura de Fabian Pérez