miércoles, 5 de enero de 2011

Los hermanos Tanner.- Robert Walser



Simon escribió a su hermano Kaspar:

La verdad es que somos dos bichos raros, tú y yo. Nos movemos por este planeta como si en él sólo viviéramos nosotros dos y nadie más. Hemos entablado en realidad una amistad descabellada, como si entre el resto de la gente fuera imposible encontrar otro ser digno de llamarse amigo. No somos, a decir verdad, hermanos, sino amigos, como dos que un buen día se encuentran en el mundo. Yo francamente no estoy hecho para la amistad y tampoco comprendo qué es aquello tan fabuloso que descubro en ti y me obliga a creerme siempre a tu lado, casi diría a tu espalda, Pronto tu cabeza me parecerá la mía, a tal punto estás ya dentro de ella; tal vez de aquí a un tiempo, si la cosa sigue así, acabaré cogiendo cosas con tus manos, corriendo con tus piernas y comiendo con tu boca. Nuestra amistad tiene, sin duda, algo misterioso si te digo que, en el fondo, no es tan imposible que nuestros corazones aspiren a alejarse uno del otro…

Sólo que no pueden. Ahora mismo me alegra ver que tú, según parece, no puedes, pues tus cartas parecen muy amables y, de momento, yo también quiero seguir bajo el embrujo de esta atracción de esta atracción misteriosa. Es buena para los dos…pero ¿por qué hablaré con tan poca gracia? Para ser sincero, lo encuentro simplemente delicioso. ¿Por qué dos hermanos no habrían de constituir una excepción? Nos avenimos perfectamente y ya nos aveníamos incluso cuando nos odiábamos y pegábamos casi hasta matarnos. ¿Te acuerdas? Basta con esta exhortación, unida a una dosis de sana carcajadas, para remover, pegar, pintar y encuadernar en tu interior

Imágenes que, de verdad son más que dignas del recuerdo. Habíamos llegado a ser, ya ni sé por qué motivo, enemigos mortales.¡Oh, cómo sabíamos odiarnos! Nuestro odio era decididamente ingenioso a la hora de inventar torturas y humillaciones mutuas. Una vez en la mesa, por citar un solo ejemplo de aquella pueril y deplorable situación me tiraste un plato de choucroute porque no pudiste evitarlo, y dijiste: ¡Venga, cógelo!

Debo decirte que en aquel momento temblé de rabia, porque para ti fue una buena oportunidad de humillarme brutalmente sin que yo pudiera decir nada. Cogí el plato, y fui lo suficientemente necio como para saborear...