viernes, 14 de enero de 2011

La comedia humana de William Saroyan




Homer rasgó el sobre, sacó la carta, la desdobló y empezó a leer, muy despacio:

Querido Homer: en primer lugar, todo lo que tengo en casa es para ti. Dáselo a Ulysses cuando ya no lo quieras: mis libros, mi fonógrafo, mis discos, mi ropa para cuando sea de tu talla, mi bicicleta, mi microscopio, mis cosas de pescar, mi colección de rocas de Piedra y todas las demás cosas que tengo en casa. Son tuyas porque ahora eres tú el hombre de la familia Macauley de Ithaca. El dinero que gané el año pasado en la planta de embalaje se lo di a mamá, claro, para ayudar. Pero no hay bastante. No sé cómo vas a ser capaz de mantener a nuestra familia e ir a la escuela al mismo tiempo, pero estoy seguro de que encontrarás una manera. Mi paga del ejército es para mamá, excepto unos pocos dólares que tengo que quedarme, pero ese dinero tampoco es suficiente. No me resulta fácil pedirte tantas cosas cuando yo no empecé a trabajar hasta los diecinueve años, pero por alguna razón creo que tú serás capaz de hacer lo que yo no hice.
Te echo de menos, por supuesto, y pienso en ti todo el tiempo. Estoy bien, y aunque nunca he creído en las guerras, y sé que son estúpidas, incluso cuando son necesarias, estoy orgulloso de estar en ella, ya que hay tanta gente que está, y estamos haciendo historia. No cuento a ningún ser humano entre mis enemigos, ya que ningún ser humano puede ser enemigo mío. Sea quien sea, es mi amigo. No tengo nada contra él, sino contra esa parte desafortunada de él que intento destruir primero en mí mismo.
No me siento un héroe. No se me da bien esos sentimientos. No odio a nadie. Tampoco me siento un patriota, porque siempre he amado a mi país, a su gente, a sus ciudades, a mi hogar y a mi familia. Preferiría no estar en el ejército. Preferiría que no hubiera guerra. No tengo ni idea de qué me espera, pero sea lo que sea, me encontrará resignado y listo. Tengo un miedo terrible, te lo tengo que decir, pero estoy convencido de que cuando llegue el momento haré lo que crea correcto. No obedecerá más órdenes que las de mi corazón. Conmigo habrá muchachos de toda América, de miles de poblaciones como Ithaca. Puede que me maten, claro. Todos lo sabemos. La idea no me gusta nada. Quiero volver a Ithaca más que nada en el mundo. Quiero volver con Mary y a una casa y una familia que sean mías. Nos vemos pronto: hacia la acción, aunque nadie sabe dónde será la acción.
Por tanto, ésta puede ser la última carta que te escriba por un tiempo. Confío en que no sea mi última carta, pero si lo es, hazte cargo de la familia. Le he hablado a mi amigo Tobey George de Ithaca y de nuestra familia. Un día confío en llevarlo a Ithaca. Me alegro de ser yo el Macauley que ha ido a la guerra, porque sería una pena y un error que hubieras sido tú.
En una carta puedo decir lo que nunca podría decir hablando. Eres el mejor de los Macauley. Nada tiene que detenerte. Ahora escribiré aquí tu nombre, para recordártelo: Homer Macauley. Ése eres tú. Te echo de menos. Me muero de ganas de verte. Que Dios te bendiga. Hasta la vista. Tu hermano, Marcus