domingo, 16 de enero de 2011

Donde no existe el olvido


La mañana despertó silenciosa y ese mismo silencio invitaba al paseo, así que cuando se levantó lo primero que pensó fue en salir a la calle. Desayunó cualquier cosa, cogió la gabardina del perchero que está en el recibidor, antes de salir buscó las llaves con la gabardina ya puesta ,hasta que recordó que las había dejado en el bolsillo la noche anterior, palpó el bolsillo para asegurarse que se trataba de las llaves de la casa y no las del coche, y cuando estuvo segura salió de la casa cerrando la puerta con un golpe seco y suave.

Pensó en ir a visitar la casa de la playa, esa casa que hacía tan solo unos meses decidieron buscar para irse a vivir. La misma casa que ahora permanecía cerrada por un tiempo indeterminado y que no llegaron a estrenar. Sin titubear, con paso firme y decidido se dirigió hacia allí ,al llegar lo primero que hizo fue abrir puertas y ventanas, dejar que el sol y el olor a mar inundaran completamente todas las habitaciones.

Aunque apenas corría algo de brisa, de fondo se escuchaba el oleaje y el murmullo de voces lejanas de niños que jugaban en la arena asustando con sus juegos a las gaviotas que huían obligadas hasta otro lugar algo alejado.

Una vez estuvo todo abierto, salió al porche, se sentó en una de las tumbonas cerró los ojos exponiendo el rostro al sol dejandose acariciar por la suave temperatura. Y entonces los recuerdos y la imaginación hicieron acto de presencia.Le imaginó a él lejos, viviendo en contra de su voluntad a disgusto en un lugar sombrío y oscuro.

Vio su mirada sombría y el rostro con signos de una tristeza que dolía, impotente ante las circunstancias que le tocaba vivir en su vida

Recordaba los paseos de otoño en los que él a veces se detenía y le acariciaba el cabello y ella se apoyaba en su brazo mientras escuchaba cómo él le contaba lo que Platón había querido decir al escribír El banquete. Ella le escuchaba embelesada , con una sonrisa, pero dudaba que Platón pensara así, como él afirmaba.

Una ráfaga de viento le obligó a abrir los ojos y de nuevo llegó el vacío y el desencuentro. Y no se sintió capaz de recobrar los sueños ni la alegría y hasta el mar le pareció que llegaba hastiado ante tantos porqué