miércoles, 15 de diciembre de 2010

Un encuentro de Milan Kundera



La archinovela, carta abierta con motivo del cumpleaños de Carlos Fuentes:

Mi querido Carlos:
Es un aniversario para ti, y para mí también: Hace setenta años que naciste y treinta justos que nos encontramos por primera vez. Fuiste a Praga unos meses después de la invasión rusa, con Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, para expresar tu preocupación por nosotros, los escritores checos. Unos años después me instalé en Francia, donde eras embajador de México. Nos veíamos con frecuencia y conversábamos. Algo de política, mucho de novela. En particular sobre este segundo tema, éramos muy afines el uno al otro.
Hablábamos entonces del sorprendente parentesco entre la gran América Latina y mi pequeña Europa central, dos lados del mundo igualmente marcados por la memoria histórica del barroco, que hace al escritor hipersensible a la seducción de la imaginación fantástica, feérica, onírica. Y otra coincidencia: nuestros dos lados del mundo desempeñaron un papel decisivo en la evolución de la novela del siglo XX, de la novela moderna, digamos posproustiana: primero, durante los años diez, veinte, treinta, gracias a la pléyade de grandes novelistas de mi parte de Europa: Kafka, Musil, Bronch, Gombrowicz---(nos sorprendía sentir por Bronch la misma admiración, creo que aún mayor que la que sienten por él sus compatriotas; y distinta: para nosotros abrió la novela a nuevas posibilidades estéticas; era pues, ante todo, el autor de “Los sonámbulos”); más adelante, durante los años cincuenta, sesenta y setenta, gracias a otra gran pléyade que, en tu lado del mundo, seguía transformando la estética de la novela: Juan Rulfo, Carpentier, Sábato, y tú tus amigos…
Dos fidelidades nos determinan; la fidelidad a la revolución del arte moderno en el siglo XX; y fidelidad a la novela. Dos fidelidades en absoluto convergentes. Porque la vanguardia ( el arte moderno en su versión ideologizada) relegó siempre la novela fuera de la modernidad, considerándola superada, irrevocablemente convencional. Si más tarde, en los años cincuenta y sesenta, las vanguardias retrasadas quisieron crear y proclamar su modernidad novelesca, lo consiguieron por la vía de una pura negatividad: novela sin personajes, sin intriga, sin historia, y a ser posible sin puntuación, novela que se dejó tildar de antinovela.
Es curioso: los creadores de la poesía moderna no pretendían hacer antipoesía. Muy al contrario, desde Baudelaire la modernidad poética aspiraba a acercarse radicalmente a la esencia de la poesía, a su funda especificidad. En este sentido, imaginé la novela moderna como archinovela y no como antinovela. Archinovela ante todo se concentra sobre lo que sólo la novela puede decir; luego, hace revivir todas las posibilidades desdeñadas y olvidadas que el arte de la novela ha ido acumulando durante los cuatro siglos de su historia. Hace ahora veinticinco años que leí TERRA NOSTRA. Leí una archinovela. Es la prueba de que eso existía, de que eso podía existir. La modernidad de la novela. Su fascinante y difícil novedad.
Recibe un abrazo, Carlos

Milan