domingo, 26 de diciembre de 2010

París no se acaba nunca.-Enrique Vila-Matas


Me costaba mucho escribir cualquier párrafo de La asesina ilustrada. Sin embargo, cuando mi padre me envió desde Barcelona una carta en la que me decía que no pensaba esperar ya más tiempo a que terminara la dichosa novela y que había decidido cerrarme por completo el alegre grifo del dinero, le escribí una carta con una soltura literaria muy distinta de la que tenía cuando escribía, agarrotado, mi novela.
Siempre que releo esa carta, me quedo sorprendido de cómo está escrita: mi estilo en ella es muy superior al dubitativo de La asesina ilustrada. Esta carta confirma esa expresión española que dice que el hambre agudiza el ingenio.
“Querido padre: He llegado a esa edad en la cual se tiene pleno dominio de las propias cualidades y la inteligencia alcanza su máxima fuerza y capacidad. Es por tanto el momento de realizar mi obra literaria. Para realizarla, necesito tranquilidad y poca distracción, no tener que pedirle dinero a Marguerite Duras ni estar todo el rato ocupándome de convencerte de que vale la pena que financies la escritura de una novela que a la larga, cuando la termine y la publique y recoja el aplauso de las multitudes habrá de llenarte de orgullo paterno y de gran satisfacción por haber sabido ser generoso conmigo.
Tu hijo que te quiere…”

Con esta carta logré aplazar por un tiempo el fin definitivo de los giros postales. Provisto de un indudable sentido del humor y de un estilo muy sobrio y escueto, mi padre me contestó:

“Querido hijo: He llegado a esa edad en la cual uno se ve obligado a comprobar cómo su hijo se ha convertido en un imbécil. Te doy tres meses de tiempo para que termines tu obra maestra. Por cierto, ¿quién es Marguerite Duras?”
París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas