lunes, 22 de noviembre de 2010

Microrrelato

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Estaba prácticamente a oscuras, tan solo se apreciaban unos rayos de la luna llena que entraban por la ventana. El hombre se había recostado contra la pared y dirigía la mirada precisamente a éstos; entrecerró los ojos y al percibir las casi imperceptibles motas de polvo que parecían nadar en los haces de luz, su mente le hizo pensar en un ballet.

Poco a poco fueron apareciendo en su ensoñación las imágenes de unas etéreas bailarinas, y al mismo tiempo en su cabeza empezaron a sonar las notas de Giselle de Adolphe Adam, uno de sus ballets románticos preferidos.

Podría decirse que ese momento, era uno de los mejores de su vida; en la penumbra de la estancia, con la música sonando y contemplando como danzaban los bailarines, se encontraba totalmente relajado y en paz.

De repente, el sonido de una llave en la cerradura le hizo abrir los ojos, y escuchó perfectamente la voz del carcelero que le decía: "Ha llegado la hora, el verdugo espera".