jueves, 19 de agosto de 2010

En el culo del mundo


A las cuatro de la mañana los espejos son aún lo bastante misericordiosos u opacos como para no devolvernos el rostro arrugado y encogido de las noches sin sueño, que los ojos sin brillo animan con el desaliento de un guiño: el exceso de luz del aeropuerto me impedía enfrentarme en los cristales con mi silueta vacilante, inclinada como una caña de pescar hacia el pez gordo de la maleta, con la corbata que las muchas horas de avión sin duda habían desviado de la bisectriz del cuello, transformándola en un trapo blando como los relojes de Dalí, con las arrugas que se acumulan alrededor de los párpados, a la manera de los surcos concéntricos de arena en los jardines japoneses; entre el hombre que volvía solo de la guerra a su ciudad y caminaba a través de racimos de extranjeros indiferentes, y nosotros que nos dirigimos hacia la salida del bar a lo largo de un pasillo de nucas y perfiles cuya monótona diversidad los asemeja a los maniquíes de la Baixa, petrificados en ademanes inmóviles de una inutilidad patética...
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En el culo del mundo, Antonio Lobo Antunes