domingo, 4 de julio de 2010

Marie Luise Kaschnitz



Un día un desconocido llega a la ciudad donde vive la protagonista del libro y le pregunta si sabe como llegar a la Casa de la Infancia. Pero ella responde que desconoce donde se encuentra tal Casa, que nunca ha oído hablar sobre ella.

El hombre se va pero ella empieza a sentir curiosidad sobre esa Casa así que se empeña en buscar por cuenta propia, poco a poco sin apenas darse cuenta se ve sumergida en la búsqueda, siente tal fascinación que abandona a su entorno, la gente que le rodea y Carl su pareja, incluso deja su casa para trasladarse a vivir a un café cerca de CDI,la famosa Casa de la Infancia o mejor dicho de la memoria
Está narrado en primera persona, y es un repaso a la memoria de la niñez porque a todos nos llega un momento en la vida que debemos encontrarnos con el niño que fuimos.
Teniendo en cuenta que no por ser recuerdos de infancia necesariamente tienen que ser recuerdos felices. Quizá precisamente por eso a veces rechazamos la memoria y nos molesta cuando quiere y consigue por momentos apoderarse de ella en nuestro día a día

Como siempre me gusta dejar algunas cosillas que subrayé

Lo importante, en definitiva, es el presente; sobre el pasado no tenemos poder alguno: es materia muerta que no podemos cambiar ni devolver a la vida
Pág. 13
Dicen que por la mente de una persona que se precipita del tejado pasa toda su vida a la velocidad del rayo, con una claridad meridiana en todos sus detalles, Así pues, parece evidente que solo se precisan unos segundos para quedar en paz consigo mismo.
Pág. 16
Los sueños pueden revivir de la forma más asombrosa una cosa descartada, incluso muerta. Así, la pasada noche soñé con un prado que se encontraba en la Casa de la Infancia.
Pág. 24
Es difícil traducir a palabras todo lo que a veces hay en la Casa, a saber, la ausencia de entorno, de ruidos de colores, de cuadros. A uno mismo, en uno, sucede algo, acontecimientos lamentables, incluso degradantes.
Pág. 32
Al final caí en la cuenta de que el museo podía tener otras entradas y que allí podría encontrarse al mismo tiempo una multitud de personas sin que unas supieran de las otras o se vieran entre sí.
Pág. 38
Por las mañanas, cuando me marcho al café, me llevo la correspondencia aunque los últimos días no he abierto las cartas.
Pág.41
Caigo en la cuenta de que en casi todas las escenas que me han mostrado en la Cdeí estaba sola y que me satisfacía de sobremanera esa soledad.
Pág. 50

¿Acaso tú, estimado lector de estas páginas, no has descendido alguna vez por un oscuro corredor y, al mirar por la rendija de una puerta, has visto dentro de la habitación a alguien (¡ un adulto!) sentado llorando? ¿No quisiste entonces a correr y rodear con los brazos a esa persona y, sin embargo, permaneciste quieto mucho rato, con el corazón desbocado? ¿Por qué? Porque eso no podía ser verdad, porque los mayores han de ser fuertes, porque al menos ellos no pueden tener miedo ni pena como tú. Y al final, ¿no te fuiste corriendo muy lejos y te tapaste los oídos para protegerte de esa visión impúdica, que sin embargo, no has podido olvidar…jamás?



La casa de la infancia, de Marie Luise Kaschnitz