miércoles, 2 de junio de 2010

Tworki (El manicomio


Qué fue lo que acertó a ver Olek tras la araña de tres brazos, qué fue lo que pensó Sonia cuando el río Pérdida brillaba como piel de serpiente, sólo lo sabe la señora Luna, pero la Luna misma acaba de asomarse por encima del hombro del apesadumbrado Jurek:

Cosas misteriosas son las cartas. Un sobre blanco, una hoja blanca de papel cubierta de signos negros: las letras. Tan poca cosa, parecería…pero no, es tantísimo. Una carta puede precipitar un alma al abismo de la desesperación o encenderla con la llama clara y cálida de la felicidad, y puede sanar al corazón con el mejor de los remedios, la esperanza. Cuando abro el sobre y saco tu carta, mis ojos se desprenden de la negrura y de toda la tristeza. Me preguntabas en tu última carta si voy por ahí rompiendo los corazones de las mujeres. Pues sí, bastante que he roto en mi vida, y con considerable frecuencia, si bien no corazones femeninos, sí la línea del enemigo con un balón de fútbol (no sé cuál de las dos cosas es más difícil), y he llegado en este deporte a conseguir progresos no del todo desdeñables. Sin embargo, en realidad no me he atrevido a jugar con los corazones de las chicas, pues considero que este es un arte al que hay que entregarse con grandes dosis de habilidad, ya que no es difícil que el corazón se caiga al suelo, se dé un golpe y se rompa. Aunque un amigo mío asegura, convencido, que el corazón de la mujer es mucho más duro que las pelotas de fútbol (y no intentes negarlo). Por otro lado, la naturaleza es sabia y conoce el verdadero arte de pegar los pobres trozos de los corazones rotos, sobre todo cuando algún ser misericordioso, Danusia, decide ponerse manos a la obra.
Me dices, Danusia, que, en contra de la tendencia generalizada, tú no te enamoras, y que no sabes siquiera cómo se hace esto.
No sabía que para enamorarse de alguien hiciera falta una habilidad especial o un amplio conocimiento. Es un sentimiento humano y llega cuando menos te lo esperas. Te parece que nunca te va a interesar y que el amor precisa también voluntad. Pero no.
Un día se pondrá delante de ti…en el tranvía, en una tienda, en una avenida…y ya está.
Sabrás que esa persona es la tuya. Y es entonces cuando te nace un corazón para la vida y para la muerte. Será entonces cundo todo cobre sentido. Habrás logrado tu objetivo: vivir para alguien, vivir para una persona. Una persona puede dar más que todas juntas. Nunca será verdadera mente feliz aquel que haya conseguido en la tarea que haya elegido el objetivo propuesto, ni el que haya sacrificado su vida por una idea, si no tiene a su lado a alguien para sí, cercano, que en los momentos de duda y sinsabores sepa, querida Danusia, encontrar una palabra adecuada, calmarle los nervios e inspirarle fuerzas para seguir trabajando.


En Ozorków también había caído la noche; Danusia ya estaba dormida, en el alféizar relucía discretamente la hiedra; un par de perros le aullaban a la señora Luna.

Tworki, de Marek Bienczyk