lunes, 7 de junio de 2010

La lluvia


Me gustaba visitar el parque por las tardes, sobre todo en otoño cuando los árboles parecían estar siempre vigilantes, en tensión, con sus ramas desnudas, carentes de hojas. También me llamaban la atención aquellos bancos y mesas de piedra, de aspecto sólido, robusto, anclados al suelo como si hubieran enraizado como sus vecinos.

Cuando a veces, como había ocurrido hoy, estaba ella paseando por el lugar, solitario a esas horas, que bien sabía eran sus momentos preferidos, se sentía feliz. Contemplarla allí parada, casi inmóvil, esperando sin duda, le llenaba de dicha.

Entonces muy despacio, lentamente, comenzaba a acariciar su rostro, la envolvía totalmente, y en unos momentos no podía controlarse, notaba como iba acrecentándose su pasión. Ella se dejaba envolver, levantaba su cara hacia arriba para mejor recibirme y se producía una entrega total. Según nos íbamos fundiendo e uno solo, se desprendían nuestras aromas confundiéndose incluso con el de la propia tierra.

Cuando ella ya no podía aguantar más la emoción de mi presencia, abría su paraguas y entrecerrando los ojos me susurraba: “gracias lluvia, siempre me reconfortas”.