lunes, 21 de junio de 2010

Escribiendo la noche



La noche envolvía la habitación apenas iluminada por una lámpara sobre la mesa de trabajo; el hombre que estaba sentado frente a ella, abrió con delicadeza la pluma estilográfica, alineó milimétricamente el bloque de cuartillas blancas, e inclinándose levemente comenzó a escribir.

Se agita la noche, mueve sentimientos,
el deseo despierta, añoro tu cuerpo,
quisiera esta noche compartir tu cama,
desnudos fundirnos en abrazo ansiado,
olernos, tocarnos, sentirnos las pieles.

Se detuvo un instante, releyó los versos recién escritos y cerrando los ojos permaneció durante unos momentos inmóvil. Bajo la tenue luz, con un silencio que casi se podía escuchar, la imagen del hombre era la de alguien ajeno a todo lo que le rodeaba, no quedaba la menor duda de que se encontraba muy lejos de allí, seguramente pensando en la persona a la que irían destinadas sus palabras.

Con un leve suspiro y un temblor apenas perceptible, pareció volver en si, y con una apenas dibujada sonrisa continuó escribiendo.

Notaremos juntos las mil sensaciones
que tanto anhelamos,
quisiera dormirme dentro de ti amada,
sintiendo tus brazos,
piernas enlazadas. las bocas pegadas.

Nuevamente volvió a dejar la pluma sobre la hoja en la que estaba escribiendo, parecía agitado, no podía ocultar que la ausencia de la amada, la necesidad de tenerla con él, el deseo, no le dejaba concentrarse. Se levantó, dio unos paseos por la habitación y finalmente se asomó a la ventana. Fuera, la luna brillaba en todo su esplendor, pero ignorándola, dirigió su mirada a las estrellas hasta descubrir una en concreto a la que se quedó mirando sin pestañear.

Después de un buen rato contemplándola, regresó a la mesa y tomó la cuartilla escrita entre sus manos, la acerco a sus labios y, tras depositar un beso sobre ella, la rompió en pequeños pedazos. Ahora, una sonrisa abierta iluminaba su rostro.