viernes, 11 de junio de 2010

Antonio Lobo Antunes


Las sílabas salían de sus labios redondos, leves, sin aristas, y venían a estallar arriba, en la superficie, deshaciéndose como los dientes del mar se deshacen en el dorso rugoso de la muralla.

Por un momento me entraron ganas de extenderme a lo largo de sus palabras a la manera de un cuerpo desnudo en la piel de metilene de las piscinas.

Extenderme pensando en septiembre y en las grandes olas mansas del equinoccio, casi lilas bajo el azul extraordinariamente límpido y triste de las tardes de verano.

Quería dormir bajo el aroma de eucalipto del caramelo balsámico, que flotaba aún en el despacho como la infancia deambula, de sala en sala, por las casas antiguas, idéntica a un pabilo, exclamó:

-ah, ya han cazado al pájaro

Y volvió a cerrarla a una señal de las cejas del psiquiatra.

Pág. 125

No se veían pájaros ni gente: la carretera se asemeja a una cicatriz, a un pliegue, a una arruga en la piel y de uno y otro lado el horizonte, demasiado próximo...

Pág 68

Los domingos por la noche, por ejemplo, cuando todo se torna absurdo, ridículo y triste, y me asemejo a una momia acuclillada en el suelo de la cocina, a la espera, me viene a la mente el chiquillo en los escalones del patio, colmado de una melancolía suave y cruel.

La madrugada otorgaba a los edificios un tono de papel pardusco, con aristas descarnadas y agudas como huesos, los tejados,, más oscuros, se asemejaban a costras de heridas sin curar...

Pág. 247

Párrafos extraídos del libro, Conocimiento del infierno de Antonio Lobo Antunes