martes, 11 de mayo de 2010

El cronista peculiar

La ciudad era pequeña, a pesar de los nuevos barrios residenciales que habían ido surgiendo hacia las afueras, conservaba su antiguo centro histórico, de enclave castellano, que aún le daban su sabor medieval. Cuando por motivos laborales tuvo que instalarse en ella sintió que era una especie de encierro, y no sólo por la pequeñez del lugar sino más bien por la falta de vida en las calles que percibió desde el primer día. Por ello, dedicaba cada vez más tiempo a su trabajo y apenas hacía otra cosa; su único aliciente era un largo paseo vespertino que, puntualmente y sin fallar no un solo día, daba por todo el casco monumental deteniéndose a admirar los edificios nobiliarios, las múltiples iglesias románicas y los curiosos rincones que quedaban de tiempos pasados en los que sin duda había sido un centro importante y mucho más poblado y floreciente que en la actualidad.


En uno de esos paseos es cuando le vi por primera vez, un hombre siempre sólo, con un grueso y largo gabán que le cubría casi por completo y en el que se arrebujaba para resguardarse del frío invernal, una bufanda que le tapaba la mitad del rostro y una llamativa e incongruente gorra escocesa a cuadros con su pompón en lo alto; a primera vista ya se daba uno cuenta de que debía de tener muchos años y, efectivamente, cuando alguna tarde un poco más soleada se retiraba la bufanda, su cara revelaba su vejez.



Esta figura comenzó a hacerse habitual en todos mis paseos; la verdad es que le buscaba inconscientemente y siempre acababa dando con él, generalmente contemplando absorto un edificio, o deslizando sus manos nervudas por las piedras de muros, columnas u otros elementos arquitectónicos, Posiblemente eso fuera lo primero que me llamó la atención de él, aunque poco a poco fui descubriendo nuevas facetas, siempre llevaba un viejo y ajado libro que sacaba con esmero del bolsillo de su abrigo, junto con un lápiz que utilizaba para hacer breves anotaciones en los márgenes del libro.


Cada vez que coincidíamos, nos mirábamos, yo con enorme atención, él simplemente me dirigía una mirada de haberme reconocido y algo parecido a un asomo de complicidad. Rápidamente desviaba su atención y la centraba en el monumento o elemento que tuviera delante y, tras contemplarlo en silencio, posar las manos sobre él en algunos casos y cerrar los ojos durante unos momentos, buscaba un lugar para sentarse, y sacando libro y lápiz hacía alguna anotación.


Por fin un día me decidí a abordarle y cruzar unas palabras con él; a pesar de mi temor a no ser respondido, el anciano parecía que estaba esperando que lo hiciera y nada más dirigirme a él me dijo que se había dado cuenta de que hacia tiempo que no dejaba de observarle, que seguramente estaba intrigado por sus actos y que si yo pensaba que estaba fuera de sus cabales. Ante mi petición de disculpas y negativas sobre ello, se echó a reír y cogiéndome del brazo mientras seguíamos paseando me explicó lo que hacía todas las tardes. Es muy sencillo, soy un enamorado de la historia, y concretamente de la de esta ciudad que como ya debes saber tuvo tiempos de gran esplendor, me dijo. Prácticamente he leído todo lo que se ha escrito sobre la historia local y este libro que siempre llevo conmigo es seguramente el mejor y más completo de cuantos acontecimientos se han producido, continuó, pero a mis años, he conseguido el don de visualizar aquellos hechos, tan sólo con mirar los espacios donde estos se desarrollaron, con tocar y sentir las otras manos que en el lejano pasado acometieron estas obras que aún se conservan.


Y para terminar, me explicó que cuando sus percepciones de lo acontecido le llevaban al convencimiento de que se había tergiversado de algún modo la crónica que encerraba el manual de historia, él con su lápiz procedía a dar testimonio del error para que en un futuro, otros investigadores pudieran cotejar estas discrepancias y tal vez así, dar con lo ocurrido realmente.


Quedé fascinado por aquello que me contó, y a pesar de intentar seguir conversando con él, nunca volví a verle ni a tener noticias suyas; nadie de la ciudad parecía haberle conocido.