lunes, 24 de mayo de 2010

Desaparecido


Me senté en la terraza de aquel bar para disfrutar de la tarde soleada que invitaba a su disfrute; era una mesa apartada desde donde me dispuse a degustar un café tranquilamente mientras me dedicaba a uno de mis escondidos placeres, observar a la gente que desfilaba por la acera y a los pocos clientes con los que compartía aquellos momentos.


Me gustaba contemplar las diferentes personas que pasaban frente a mi, tomaba nota de los rasgos que me parecían más curiosos y me entregaba a fabular donde se dirigían, cómo serían sus vidas, si estaban alegres, enfadados, agobiados por lo que fuera que se dirigieran a hacer.


Esa tarde no podía concentrarme como solía en estos menesteres, en la mesa próxima a la mía se encontraban dos hombres de mediana edad enfrascaos en una animada conversación, uno de ellos le relataba al otro unos hechos que le mantenían totalmente atento. Fue esa atención desmesurada hacia lo que escuchaba lo que me hizo fijarme en ellos e intentar escuchar lo que el más hablador contaba.


Por lo visto hablaban de un conocido de ambos, posiblemente un compañero de trabajo y amigo, y por lo que pude captar, el asunto giraba sobre la sorprendente desaparición del mismo y las extrañas circunstancias que la habían rodeado. Parece ser que era una persona formal, de orden y hasta excesivamente metódica; ocupaba uno de los cargos directivos de mayor responsabilidad de la empresa, con un nivel de vida que podría calificarse de medio alto, un buen amigo de sus amigos, respetuoso y atento con sus subordinados, marido ejemplar y padre de familia modélico.


Aparentemente lo tenía todo en la vida; era cierto, como apunto el otro interlocutor, que no se podría decir que se le viera feliz, por el contrario tenía un aspecto triste, callado, como si se hubiera ido apagando en él la energía por la vida. Y de pronto, todo cambió, se le empezó a notar sonriente, alegra, hasta según decían le habían oído cantar en voz muy baja en el ascensor. Cambió su forma de vestir, muy levemente al principio, pero poco a poco se notaba un cambio bastante radical; igual pasaba con sus costumbres, ahora era habitual que desapareciera del despacho, que cuando se intentaba algún asunto de trabajo, alegará que estaba manteniendo una conversación telefónica privada y no podía atender en esos momentos. Su secretaria comentaba sorprendida que últimamente pasaba horas frente al ordenador, él que no aguantaba dos minutos seguidos el “chisme” como decía.


Y de esta forma, un buen día se produjo una conmoción al ver que no aparecía, que en su casa tampoco sabían nada, que apenas faltaba una pequeña maleta con algo de ropa y no había vuelto a dar señales de vida. Ya habían pasado quince días y todo seguía igual, ni rastro de él.


Por mi parte yo ya había escuchado suficiente para hacerme una idea de lo ocurrido, pagué mi café, y con una sonrisa de oreja a oreja dije en voz alta: “Chapeau por el desaparecido” y, ya riendo en alto, abandoné la terraza ante la mirada atónita de los compañeros de mesa.